La dignidad de la mujer y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular.

Con estas palabras se inicia un documento fechado en el ya lejano 15 de agosto de 1988, del papa san Juan Pablo II, sobre la dignidad y la vocación de la mujer.

“Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Carta a los Gálatas, 4, 4). Es significativo que el Apóstol no llame a la Madre de Cristo con el nombre propio de “María”, sino que la llama “mujer”, lo cual establece una concordancia con las palabras del Protoevangelio en el Libro del Génesis (cf. 3, 15).

Precisamente aquella “mujer” está presente en el acontecimiento salvífico central, que decide la “plenitud de los tiempos” y que se realiza en ella y por medio de ella. La mujer se encuentra en el corazón mismo de este acontecimiento salvífico.

La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma la verdad sobre la persona y sobre el amor.

Sobre la verdad de la persona se debe recurrir una vez más al Concilio Vaticano II: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”[59]. Esto se refiere a todo hombre, como persona creada a imagen de Dios, ya sea hombre o mujer. La afirmación de naturaleza ontológica contenida aquí indica también la dimensión ética de la vocación de la persona. La mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás.

Si la dignidad de la mujer testimonia el amor, que ella recibe para amar a su vez, el paradigma bíblico de la “mujer” parece desvelar también cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. Se trata aquí de la vocación en su significado fundamental —podríamos decir universal—, que se concreta y se expresa después en las múltiples “vocaciones” de la mujer, tanto en la Iglesia como en el mundo.

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer —sobre todo en razón de su femineidad— y ello decide principalmente su vocación.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán