“DIOS NOS ENVIÓ A SU HIJO PARA CONDENAR”

La fe en san Juan —como también en san Pablo— no es ni pura confianza, ni pura luz intelectual: es sobre todo amor y entrega al Evangelio, y Cristo es ese Evangelio de Dios.

La fe comporta la exigencia de un cambio de vida. Tinieblas y muerte son utilizados como sinónimos por san Juan; de ahí que el primer paso para el nuevo nacimiento tenga que ser el apartarse de las obras malas, que son todas las que frenan la realización personal y el acercamiento a Dios.

Los que realizan las obras malas, aunque teóricamente acepten a Cristo, en verdad se identifican con sus obras: solo se aman a sí mismos, se hacen idólatras y se incapacitan para el nuevo nacimiento que Cristo ofrece; no es que Cristo los rechace, sino que ellos se cierran a su acción.

Nótese con cuidado la relación estrechísima que establece san Juan entre la fe y la aceptación de Cristo y las obras del hombre. Bajo esta luz podemos comprender mejor cómo se expresa la voluntad salvífica universal de Dios, ya que la vida se le otorga a todo hombre que cree, esto es, que actúa según la voluntad de Dios porque ha dado su corazón a Dios.

Nicodemo, pues, fue el símbolo del judaísmo oficial ortodoxo y del ser humano en búsqueda. Era un escriba, integrante del Sanedrín y participará en el entierro de Jesús llevando “una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras” (Jn 19, 39).

Ahora bien, en esta parte del relato del diálogo entre Jesús y Nicodemo domina la imagen de la serpiente que levantó Moisés en el desierto para salvar a los hebreos de las mordeduras venenosas de las serpientes del pedregoso Sinaí (Num 21): el Evangelio expone la cruz de Cristo como el trono regio sobre el cual se sienta el Salvador del mundo.

La Pascua comienza sobre la cruz. “La cruz de Cristo”, escribió san Juan Crisóstomo, “es la frontera que ilumina el terreno del bien y descubre las llagas oscuras del mal”.

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