El reconocimiento al trabajo que han hecho durante años las bordadoras mayas, la dignificación de su labor y una mejor remuneración son algunos de los cambios positivos que se espera que ocurran a raíz de que el Congreso del Estado declaró Patrimonio Cultural Intangible de Yucatán al bordado maya.
Como informamos en su oportunidad, la Legislatura votó el 18 de marzo pasado a favor de la aprobación de la iniciativa, como confirmación de la importancia de ese oficio que es practicado por numerosos habitantes.
La antropóloga Silvia Terán Contreras, integrante del Departamento de Patrimonio Cultural de la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán (Sedeculta) y consultora de la Unesco, destaca que la declaratoria es un reconocimiento al trabajo de las bordadoras de comunidades mayas yucatecas, que poseen un legado centenario.
Apunta que antes de la Conquista las mujeres tejían sus ropas y a la llegada de los españoles tuvieron que dar como tributo telas lisas, sin los brocados que antes elaboraban, lo que hizo que a través de los siglos de dominación europea se les borraran de la memoria las antiguas técnicas. Así, debieron aprender a decorar sus telas solamente con bordados.
Señala que, como en muchas otras entidades del país, en Yucatán había tejedoras, pero ante la obligación de entregar como tributo metros y metros de telas lisas dejaron a un lado los brocados acostumbrados.
Cuando se alcanzó la Independencia ya estaba enraizada la tradición de hacer ternos e hipiles solamente con bordados, recuerda Terán Contreras.
En ese tiempo se compraban en Belice telas procedentes de Inglaterra, que se bordaban con dos estilos principalmente: el punto de satén (chuuy ka’b o bordado de mano) y el xmanikté.
A éstos dos prehispánicos se les sumó el punto de cruz, introducido por los españoles, que gustó mucho ya que con esta puntada era fácil reproducir muchos diseños que se hacían antiguamente y en los que se usaban formas geométricas.
Esto hizo que se convirtiera prácticamente en la puntada favorita, como hasta la fecha.
Silvia Terán explica que ese estilo se introdujo como punto de cruz, en maya xook bi chuy, es decir, hilo contado.
Hasta la fecha este estilo es muy apreciado entre los habitantes del campo y de la ciudad, ricos y pobres, hombres y mujeres. El hilo contado es el bordado más presente en los ternos que se portan en las vaquerías, en la ropa que se confecciona para vestir las imágenes de la Virgen María y en el decorado de los pañales de los bebés y demás objetos de uso en altares, como manteles y sudarios.
La antropóloga añade que en el siglo pasado apareció la máquina de pedal y luego la de motor, con las que comenzaron a hacerse diseños variados y bonitos.
Indica que la práctica del bordado a mano ha ido desapareciendo y se ha sustituido por el bordado a máquina. Antes se elaboraba para uso personal, pero en las décadas de 1970 y 1980, cuando el negocio del henequén, el maíz y la milpa comenzó a decaer, en los hogares campesinos se pusieron los ojos en el bordado para obtener ingresos.
Al volverse algo comercial, la máquina ayudó a producirlo más rápidamente y reportar mayor cantidad de ganancias.
Labor a mano
Revela que, no obstante, hay muchos lugares donde el bordado todavía se elabora a mano, como en Teabo, municipio en el que es la actividad productiva más importante; Tahdziú, Maní (aquí se encuentra la comunidad de Tipikal, en la que un grupo que se dedica a hacer el xmanikté) y Abalá, donde se trabajan el xmanikté y el punto de cruz.
Silvia Terán Contreras considera que con la declaración del bordado como Patrimonio Cultural Intangible de Yucatán se dignifica el oficio y se le otorga más reconocimiento, con ello esperan que sus exponentes, entre los que hay asimismo hombres, reciban un mejor pago.
Admite que en la actualidad las jóvenes de las comunidades no quieren bordar, no porque no les guste sino porque sienten que no ganan lo suficiente con ese trabajo y prefieren migrar a las ciudades a prestar servicios domésticos o estudiar una carrera técnica o agropecuaria que les sea más rentable.
Añade que la Unesco planteó un programa para que el bordado siga existiendo por medio de la profesionalización del oficio. En el marco de este proyecto se busca certificar a las bordadoras a través de instituciones como el de Capacitación para el Trabajo del Estado de Yucatán (Icatey).
Si esto se logra, las bordadoras darían clases en escuelas secundarias, como se hacía antes, e incluso en universidades, a estudiantes de licenciaturas en Diseño. Igualmente se podría lograr que fuese una carrera.
“Si te dedicas profesionalmente al bordado tienes varios caminos, uno de éstos es ser una productora que tenga una empresa con los conocimientos de corte y confección, armado, diseño, patrón de tallas, administración de empresas, contabilidad, inventarios y la historia del bordado universal”, dice.
En ese sentido, precisa que hay más de 300 tipos de bordados o puntadas en el mundo.
La antropóloga afirma que también se puede usar la técnica para crear obras artísticas.
La consultora de la Unesco, que por más de 20 años colaboró en el apoyo a las bordadoras yucatecas, enfatiza que la técnica es un “símbolo de identidad importantísimo, ya que cuando se ve el terno se piensa en Yucatán y se identifica como un bordado yucateco, por lo que es algo que representa al Estado”.
El trabajo de las bordadoras representa, además, un apoyo decisivo a la economía de las familias. Con el funcionamiento del Tren Maya podría haber un aumento del turismo en Yucatán, que haría crecer el turismo comunitario y fortalecer la producción artesanal.
De igual manera se espera que con este reconocimiento las bordadoras sean tomadas en cuenta para recibir apoyos como los que se dan a los agricultores en programas como Peso por Peso, que les facilite instalar un taller o adquirir máquinas de coser.
Sobre la propuesta que se hizo llegar al Congreso Estatal para hacer la citada declaratoria, Silvia Terán recuerda que la Unesco estuvo haciendo investigaciones en el Sureste y concluyó que el bordado yucateco era muy importante, por lo que decidió impulsar su salvaguarda.
Para ello iniciaron el programa “Desarrollo económico con perspectiva de género a través del arte textil en Yucatán”.
Cuenta que un banco se entusiasmó con el programa y ofreció financiarlo, y la Unesco hizo un convenio con Sedeculta, Semujeres y el Instituto Yucateco de Emprendedores (IYEM) para que participaran en el programa, en el que trabajan desde mayo de 2023.
A raíz de esto, y con base en un diagnóstico de 12 municipios con tradición bordadora en Yucatán, decidieron respaldar la iniciativa de declaración de Patrimonio Cultural Intangible del Estado.
Bordado maya, una técnica que pasa por generaciones
A las bordadoras mayas de Yucatán les da gusto que la técnica haya sido declarada Patrimonio Cultural Intangible, aunque admiten que se requiere más valorización, ya que al querer vender su trabajo y ponerle un precio justo a los días de labor la gente se niega a pagarlo.
Francisca May May y Porfiria Nahuat May, madre e hija, se dedican al bordado desde la adolescencia. Son originarias de Xocén, donde viven hasta hoy. Son 100% mayahablantes.
Francisca comparte que tenía 13 años cuando comenzó a bordar, oficio que en su familia ha pasado de generación en generación.
“A mi mamá le enseñó mi abuelita y a mi abuelita le enseñó su mamá”, dice.
Por su parte, ella enseñó a su hija Porfiria, la mayor y quien desde hace varios lustros la ayuda en la elaboración de los bordados.
Ambas explican que con la declaración de la pandemia de Covid-19 bajaron las ventas de hipiles y ahora, cuando se ofrecen a los clientes, éstos no valoran el trabajo, lo quieren comprar a precios muy bajos, “no quieren pagar lo que vale y los materiales están más caros”.
Ante la noticia de que el Congreso del Estado declaró al bordado maya como Patrimonio Cultural Intangible de Yucatán, señalan que es bueno que se reconozca la labor de las bordadoras de la entidad.
El bordado, añaden, lleva mucho tiempo y dedicación, dependiendo del tipo de puntada con que se haga.
Con este reconocimiento al trabajo que realizan esperan que haya cambios en favor del oficio, como una mayor valorización. Creen que ello ayudará a que reporten más ingresos económicos.
Expresan que lo más bonito de este trabajo es que pueden tener su propio dinero y hacer los hipiles con los que se visten.
No obstante, reconocen que es un trabajo difícil porque lleva mucho tiempo realizarlo, dependiendo del dibujo es el número de horas que dedican a una prenda, a veces terminar un hipil puede llevar más de un mes o un mes y medio.
En su trabajo diario hacen distintos tipos de puntadas para hipiles de diferentes tipos, pues los hay de rejilla y otros solo calados.
Al abundar en el tema de los compradores, consideran que no todos valoran el trabajo que hacen como tampoco la inversión en los materiales y el tiempo que les lleva finalizar un hipil.
Aun así, tienen la esperanza de que las cosas mejoren con la declaración de Patrimonio Cultural Intangible, que visibiliza el trabajo de las costureras.
A su vez, Elena Martínez Bolio considera que al fin se está haciendo justicia a las bordadoras. Aunque ella no es una bordadora de la zona rural, recurre a esta técnica para hacer arte-objeto.
Declara su admiración por la labor de las bordadoras mayas, a las que se ha acercado para intercambiar conocimientos y dar cursos.
Destaca la valiosa aportación de la antropóloga Silvia Terán Contreras en la aprobación de la iniciativa, ya que fue ella quien la impulsó como estudiosa del bordado tradicional, tanto a máquina como a mano. Y también reconoce la labor de Luz Elena Arroyo Irigoyen, quien por años ha trabajado en las comunidades.
Resalta que es loable que se haya logrado la citada declaración, pues son pocas las personas que todavía viven del bordado, porque hay pocos consumidores y los que hay quieren “machetear” el precio de los artículos.
Expresa que es maravilloso que el bordado se siga difundiendo y preservando y que lo continúen practicando mujeres y hombres.
En Tahdziú, recuerda, hay una comunidad de bordadores varones.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
