Presbítero Alejandro Alvarez Gallegos

En los últimos meses hemos sido testigos de los distintos conflictos bélicos en diversas partes del mundo. Debemos considerar lo que significa una legítima defensa ante un agresor injusto.

La defensa propia consiste en resistir la fuerza por medio de la fuerza. Ordinariamente, el empleo de la fuerza física para defender un derecho es algo propio del Estado —derecho coordinado por la autoridad legítima—; pero algunas veces hay que defenderlo personalmente.

Es tan grande el valor de la vida que es necesario defenderlo siempre. “Defenderse a sí mismo contra un agresor injusto es siempre lícito, aunque de esta defensa siguiera la muerte del agresor”. Esto nos lleva a considerar que la violencia será un derecho legítimo si es en aras de protección vital.

Existen condiciones para la legítima defensa:

El peligro debe ser cierto e inminente, es decir, que la agresión en algún modo ha de estar ya en acto e inevitable; la fuerza debe emplearse solo al tiempo del ataque, en caso contrario sería venganza. Tampoco se justifica por naturaleza —aunque fuera de muerte—, ya que la defensa legítima no puede adelantarse, sino que se reconoce como una reacción de protección a la vida.

La muerte o daño físico grave al agresor no debe ser querido por sí mismo (por ejemplo, motivado por el odio), sino solo como medio de defensa.

La agresión debe amenazar la vida o valores vitales.

No debe haber otra manera de rechazar el ataque, o sea, debe ser el último recurso, procurando huir o protegerse todo el tiempo que sea posible.

El recurso a la violencia no debe causar al agresor otro daño que aquél estrictamente necesario para repeler el peligro con el cual es amenazado.

No sería en cambio necesaria, para la legitimación de la muerte definitiva, la culpa subjetiva del agresor injusto (que, por otra parte, sería verdaderamente difícil valorar): la muerte es legítima no como una forma de castigo, sino como un ejercicio de un derecho de defensa. ¿Podemos defendernos contra un agresor que no tiene la intención de serlo, como en el caso de personas dementes o personas cuerdas que no se dan cuenta de que van a causar la muerte de alguien por un acto determinado que pretende cometer? Sí, porque en realidad están invadiendo nuestro derecho a la vida, aunque no se hayan percatado de ello.

Esto es válido para los individuos como para los Estados, que defienden intereses o territorios buscando siempre el bien de su población. La Iglesia reitera su condena a todo tipo de guerra, cuando miles de civiles mueren a causa de las agresiones que se hacen. La guerra nunca será la solución, sino el diálogo, las vías diplomáticas para la reanudación de la paz.—Coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida

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