La mayoría de las personas empiezan el consumo de sustancias en la adolescencia y de manera lúdica. Porque les apetece probar, porque otros también lo hacen, por experimentar nuevas sensaciones, etcétera.
Sin embargo, esta conducta de riesgo lleva a algunas de estas personas a entrar en un círculo autodestructivo del que es muy difícil salir.
Ya no es consumo por buscar diversión. La persona empieza a hacerlo para aliviar temporalmente la ansiedad, el estrés, aburrimiento, frustración y tristeza que siente ante los problemas de la vida diaria. Esto le hace sentirse mejor por algunas horas, pero luego ha de afrontar los mismos problemas, además de los derivados del consumo.
Los problemas familiares, económicos, de salud, laborales, de pareja… generan más ansiedad y frustración, lo que llevará a volver a recurrir al consumo para afrontar de nuevo estos sentimientos.
De esta manera, el adicto entra en un círculo autodestructivo donde no hay salida, salvo el alivio temporal de su malestar mediante el consumo de sustancias. Llegado a esta situación es necesario en la mayoría de las ocasiones pedir ayuda profesional tanto médica como psicológica para romper esta cadena.
Para la filosofía contemporánea, las ideas centrales son que la vida en sí misma no tiene un sentido per se y, por tanto, no hay una manera concreta de vivirla.
La existencia es efímera y vana, por lo tanto, queda en el ser humano decidir lo que hace con ella en plena y absoluta libertad. La religión, la ideología, la moralidad y otras doctrinas no son más que mecanismos de control de pensamiento. Dice que tener conciencia del vacío existencial es una forma de libertad. Niega todos los valores vigentes, es la autoafirmación de esa negación inicial, pues construye un nuevo punto de partida.
La tradición personalista funda sus raíces en la razón misma del hombre y en el corazón de su libertad: el hombre es persona porque es el único ser capaz de reflexionar sobre sí mismo, de autodeterminación, y es el único viviente que tiene la capacidad de acoger y descubrir el sentido de las cosas y de dar sentido a sus expresiones y a su lenguaje consciente.
La primera evidencia de la realidad humana es su existencia física. Nuestro cuerpo es asimismo nuestra experiencia inmediata del mal, en la forma de dolor físico, de enfermedad o de muerte. Pero el cuerpo como límite y fragilidad solo es vivido como tal si tenemos conciencia de ello.— Coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida
