Los asistentes mientras escuchan la homilía del Arzobispo, anoche

“¿Quién ha tocado mi manto?”

Jesús vuelve a la orilla occidental del lago Genesaret, a Cafarnaum; al desembarcar, la muchedumbre se agolpa en torno a Jesús, pero cuando llega Jairo le dejan paso libre y éste se postra delante del Señor. Jairo no sabe ya a quién acudir para buscar remedio para su hija que estaba muy enferma, pero confió tanto en Jesús que se dirigió a su casa seguido de la muchedumbre siempre hambrienta de ver milagros.

En el camino tuvo lugar otro milagro. Se trató de una pobre mujer que había gastado todos sus ahorros en médicos que no la han podido curar; ella sabía que la ley le prohibía todo contacto con otras personas, pero se armó de valor y, rompiendo con todo, se acercó cautelosamente al Maestro con la intención de tocar la orilla de su manto, pensando que así, sin que nadie se enterara, ella quedaría curada.

Lo extraño de este suceso no fue la mentalidad primitiva y mágica de esta mujer, sino que Jesús condescienda con esa mentalidad. Por supuesto que Jesús no creía que su cuerpo fuera una especie de talismán que emitiera unas fuerzas sin que él mismo pudiera controlarlas. Jesús actuó siempre conscientemente y pedía a los enfermos que tuvieran fe en Él, ya que sus milagros no eran el resultado de fuerzas misteriosas. Así pues, por su fe aquella mujer no solo quedó curada sino también salvada. Jesús, llamándola tiernamente “hija”, le dijo: “Tu fe te ha salvado, ¡queda curada de tu enfermedad!”. Y la mujer desapareció entre la muchedumbre, quedando viva en la historia solamente por el recuerdo de la página del Evangelio.

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