QUITO (EFE).— En “Las niñas del naranjel”, Gabriela Cabezón se adentra en la selva paranaense y recrea la vida de la española Catalina de Erauso, quien en el siglo XVII huyó del convento en el que era novicia y, travestida de varón, se sumó a la conquista de América.

“Si bien Antonio de Erauso, nacido Catalina de Erauso, había vivido encerrada toda su vida, era lo suficientemente despierta como para darse cuenta de que tenía que escapar y, ya que estaba, agarró unas telas, se hizo ropa de varón y salió caminando como un muchacho”, explicó la argentina sobre el protagonista de su obra más reciente.

Su fascinación por este personaje histórico, que llegó a ser conocido popularmente como la Monja Alférez, surgió de lo siniestra que fue la vida de Antonio de Erauso, originario de San Sebastián y a quien Cabezón definió como un “asesino en serie del grotesco barroco”.

Seis años le llevó escribir estas páginas, publicadas a finales del pasado año por Penguin Random House.

La escritora se tomó ese tiempo no solo para documentarse sobre la vida de De Erauso (1592-1650), sino también para encontrar la luz y voz literarias necesarias.

“No quería quedarme en esa crueldad y tortura. Escribí muchas veces hasta que encontré las voces de las niñas (indígenas) y ahí encontré la cantidad de luz y ternura que necesitaba este libro para que su música funcionara”, explicó.

La melodía que recorre estas páginas destaca por la presencia de diferentes lenguas, ya que la autora introdujo palabras y canciones en guaraní y vasco, entre otros idiomas. “La mera idea de pureza, de que pudiera existir algo así como un castellano puro me repele”.

Y agregó que “pensar desde Latinoamérica sin pensar desde una lengua originaria es pensar mal y desde un lugar horrible, mutilado y cercenado”, advirtió.

En la novela de Cabezón, después de aventuras y desventuras, Antonio de Erauso recala en la selva paranaense, donde la paz, la naturaleza y el diálogo con las niñas hace que su sistema de valores y creencias entre en crisis, indicó Cabezón.

Recordó que durante la escritura de la novela tuvo en mente que los extractivismos contemporáneos en América Latina “se parecen a la Conquista” de la que habla en el libro. “Como pasa siempre en las colonias, esto no deja riqueza, deja pobreza, enfermedad y muerte”, además de que tiene fuerte impacto en los ecosistemas.

Como escritora “queer”, Cabezón consideró que es necesario “llegar a un momento en el que la mayor parte de las personas tengan acceso a la publicación, sin que ello tenga nada que ver con señales identitarias”.

Reconoció que el libro es prueba de que “personas ‘queer’ y trans ha habido siempre”, si bien en la actualidad esos colectivos están “sufriendo el asedio de la ultraderecha”.

“Tenemos que resistir a eso. No sé muy bien cómo, pero por lo pronto estando, hablando y contándonos”, enfatizó la autora, para quien escribir y narrar es una forma de estar en el mundo.

Gabriela Cabezón participó en la más reciente Feria Internacional del Libro de Quito, en el conversatorio “Cuerpos y territorios”, en el que dialogó con las ecuatorianas María Fernanda Ampuero y Yuliana Ortiz.

La autora afirmó que el hecho de que sea “realmente difícil vivir de escribir en América Latina” hace que haya “un montón de resquicios” para una literatura experimental y reivindicativa, como la presente en “Las niñas del Naranjel”.

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