• Monseñor Luis Tut Tun, quien será ordenado obispo auxiliar, en la entrada de la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad, de Acanceh
  • El escudo que utilizará monseñor Luis Tut Tun durante su camino como obispo auxiliar

Cuando se da a conocer el nombramiento de un nuevo obispo en la Iglesia católica, uno de los elementos en que se trabaja para acompañarlo e identificarlo es el escudo.

Monseñor Luis Alfonso Tut Tun, quien fue nombrado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Antequera, Oaxaca y cuya ordenación episcopal será el 22 de agosto a las 11 a.m. en el Auditorio de la Guelaguetza de la ciudad de Oaxaca, ya tiene listo el blasón que utilizará durante su obispado.

El diseño tiene varios elementos ligados a la vida de monseñor Luis Tut, originario de Acanceh. A continuación, la descripción que ofreció el prelado electo de cada elemento:

Lirio con una corona: En el recuadro de la parte superior izquierda encontramos los símbolos que evocan a san Luis Gonzaga, de quien el obispo lleva el nombre.

El color azul, además de hacer referencia al cielo, simboliza las virtudes espirituales más elevadas: devoción, fidelidad, castidad, justicia y santidad, las cuales vivió plenamente san Luis Gonzaga.

Corazón dolorido de María: En el segundo recuadro, en la parte superior derecha, se observa un corazón traspasado del que brotan lágrimas. El corazón dolorido de María evoca a Nuestra Señora de la Soledad, venerada como reina y patrona de Oaxaca, arquidiócesis a la que es llamado a servir como obispo auxiliar.

El color negro, en heráldica, representa el dolor y el luto, lo que evoca tanto el dolor de la Virgen Santa que sufre durante la Pasión por su hijo Jesús como el color del manto de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad. De su corazón dolorido y desolado brotan lágrimas porque ella, como madre de Dios y madre nuestra, llora con nosotros y por nosotros para no sentirnos solos en los momentos difíciles de la vida.

Ciervo en el monte del que brota agua: En la parte inferior del escudo se encuentra un ciervo, como referencia al pueblo natal de Acanceh, que en lengua maya significa “lugar del bramido del venado”.

El ciervo macho posee grandes cuernos, similares a ramas, que expresan belleza y potencia. Sin embargo, durante el invierno se caen para volver a crecer en primavera. La tradición cristiana ve en esta “caída y renacimiento” un símbolo de la muerte y resurrección de Jesús.

Los cuernos del ciervo también evocan a Cristo resucitado, cuya fuerza, simbolizada por los cuernos, combate y vence al mal (Ap 5, 6).

La figura del ciervo herido por las flechas simboliza a Cristo y a cada discípulo (Jn 15, 18-20). En efecto, Jesucristo, quien durante su vida fue “cazado”, es decir, herido con palabras, fue rechazado, atravesado por la lanza, pero levantando los ojos hacia el Padre —así como en el escudo el ciervo levanta los ojos hacia el Sol— implora el perdón para sus asesinos (Lc 23, 24).

Además, en la figura del ciervo herido podemos ver la figura del discípulo de Cristo, que a lo largo del camino de la vida, ya sea por sus propios errores, pecados, por los hermanos y hermanas, puede recibir flechas y quedar herido.

El discípulo de Cristo herido, solo yendo a la fuente de agua viva, es decir, bebiendo de la palabra de Dios, de la Eucaristía, del sacramento de la reconciliación, y si fija los ojos en el Sol que no tiene ocaso, que es Cristo Señor, podrá salvarse y así volver a saltar por los montes para llevar a todos la Buena Nueva, que Cristo nos ama continuamente y nos perdona a pesar de nuestros límites.

El ciervo/el discípulo, además de saciar su sed de la fuente del agua de la vida que brota del monte, mirando al Sol, en una alegoría del Señor representado por el monograma IHS —es decir, Iesus Hominum Salvator (JHS, en español “Jesús Salvador de los Hombres”)—, podrá salvarse porque el Señor es la meta; toda la humanidad tiende a Él, como puerto último y definitivo; de ahí el lema episcopal: “Busquemos las cosas del cielo”.

El color oro, además de hacer referencia al color amarillo del escudo de Acanceh, es el primero entre los metales nobles y es símbolo de la fe, la primera de las virtudes, en la que se basa la creencia cristiana.

En la iconografía cristiana del Medioevo y del Renacimiento, el oro representaba el vínculo luminoso del cielo con la tierra. Iluminada por Cristo, el Sol, “surge para iluminar a los que están en tinieblas y en sombra de muerte” (Lc 1,79), la Iglesia anuncia la vocación universal a la santidad.— CLAUDIA SIERRA MEDINA

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán