Muchos creen que el tiempo todo lo cura, considerando el sufrimiento como algo propio, exclusivo y no compartible. Consideran que hay que sufrir en soledad y en silencio evadiendo recuerdos, llevando una vida como si nada hubiera pasado, cayendo en una especie de sumisión ante el fatalismo.

Otras personas creen, por el contrario, que el duelo es un continuo lamento y desahogo exterior, situándose en un estilo de vida eternamente infeliz, o recluyéndose en un mundo imaginario por sentirse agobiados por la realidad.

El duelo no se trata de olvidar ni dejar de amar al ser querido muerto. Su finalidad es expresar y dar cauce sano a los sentimientos, serenando el sufrimiento, dominando la pena de la separación, aceptando la realidad de la muerte, integrando la extrañeza física, reorientando positivamente la energía afectiva con un proyecto pleno de sentido, amando con un nuevo lenguaje de amor al fallecido a quien, como creyentes, ponemos en las manos misericordiosas de Dios en la esperanza firme de la resurrección, donde nos ama con el amor purificado y pleno.

El duelo, más que un problema, es un misterio con el que hay que convivir y elaborar sanamente. Nadie muere solo. Nadie quiere que se mueran con él. Tampoco hay que morirse con los muertos, pero lo que no se asume, no se redime. El sufrimiento no tiene atajos.

Después de perder mucho, siempre se puede ganar. Hay que dejar de mirar lo perdido y optar por lo que se puede ganar.

No se puede elegir la muerte pero sí la actitud que tomar ante ella. El peor enemigo en el duelo es no quererse. El duelo elaborado nos enseña a vivir en verdad, libertad y sin apegos. Purifica el amor. Así, el mejor regalo al ser querido muerto es dar un sentido a la vida. Ésta sí sería la mayor tragedia: quedarse sin sentido en la vida.

El duelo tiene sus tiempos (cfr. Ecl 3,1-8).

Se quiere salir rápidamente del sufrimiento, pero no siempre es posible. Con el duelo hay que ser pacientes, pero no pasivos. Hay que tomarse y conocer “sus tiempos”. Desahogarse con libertad y compartir la verdad de la situación con alguien es sumamente terapéutico. Es bueno procurar para los dolientes un espacio físico con cierta intimidad.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Salud, Vida y Adultos Mayores

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán