“Ansia” y “ansiedad” derivan del griego ango, que significa literalmente “yo desgarro”. La ansiedad es un sentimiento difuso de aprensión, muy desagradable y desconcertante que va acompañado de sensaciones corporales, como vacío en la boca del estómago, opresión torácica, palpitaciones, sudores, sofocos, dolores de cabeza o descomposición repentina. Otros síntomas muy comunes son la intraquilidad y el deseo de moverse.
Podemos decir que la “ansiedad normal” cumple sin duda una función positiva: es una especie de toque de atención que alerta al yo y predispone a la persona para afrontar la realidad.
Ataques de pánico
También es frecuente encontrar personas con trastorno de ataques de pánico, éstas se caracterizan por la irrupción violenta y repentina de un estado de ansiedad que generalmente no dura más de una hora. A menudo, unas dos terceras partes de las personas que sufren este trastorno padecen de manera concomitante la patología de la agorofobia (miedo intenso a estar en lugares o situaciones en las que pueda ser difícil escapar o donde no haya ayuda disponible).
El ataque de pánico comienza frecuentemente con un período de tiempo de unos 10 minutos de síntomas crecientes. La persona sufre disnea, sofocos, palpitaciones, sudores y a menudo miedo a morir o a que se produzca un desastre repentino.
Para que exista un ataque de pánico, tales episodios deben ser inesperados y no estar causados por situaciones que habitualmente provocan agitación; además, deben desencadenarse en circunstancias donde la persona sea el centro de atención del grupo.
Antiguamente, cuando no existía una clasificación correcta de la ansiedad se hablaba normalmente de “angustia”. Dicha palabra viene del latín angere, que quiere decir oprimir-destrozar.
Distinguimos la angustia como una sensación más estructurada, fluctuante y aguda. Se caracteriza por un serio trastorno respiratorio, con sensación de sofoco y opresión en la boca del estómago. Aunque estos mismos síntomas se pueden presentar en la ansiedad, podemos diferenciar que la angustia es el miedo al presente, la ansiedad el miedo al futuro y la depresión por los recuerdos del pasado.
¿Cómo tratarla?
El tratamiento de la ansiedad patológica se realiza esencialmente por medio de la psicoterapia y la farmacoterapia. Nunca debe existir la automedicación ni dejarse llevar por los consejos de gente que no es profesional en el ramo de la salud mental. La persona que padece ansiedad leve no requiere normalmente tratamiento médico-social. Quienes por el contrario sufren de ansiedad crónica y aguda necesitan todo tipo de ayuda, incluida la pastoral. En todo caso, el acompañante adecuado es el especialista; el agente pastoral podrá trabajar a su lado y tendrá cuidado de no crear conflictos o efectos colaterales no deseados.
El acercamiento a los pacientes con problemas psiquiátricos, cualquiera que sea su gravedad, requiere una experiencia y un equilibrio interior notable. Dichos pacientes (en especial los que padecen crisis de ansiedad fuertes) pueden dirigir sus preocupaciones y estados ansiosos hacia personas poco experimentadas y provocar serias dificultades a las mismas. La persona que sufre de ansiedad es un enfermo que exige mucha atención, consuelo y escucha.— Presbítero Alejandro Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Salud, Vida y Adultos Mayores
