¿Para qué guerrean los hombres? Para adquirir, en caso de triunfo, un pedazo de tierra, donde ser prematuramente enterrados —Santiago Ramón y Cajal, médico y escritor español (1852-1934)

Estimados y pocos lectores de esta crónica llamada Renglones, les quiero dar una experiencia que tuve en Israel, país que, como todos sabemos, está en un conflicto que parece que no tiene solución.

Hablo de los vitrales de Chagall. Llegué a ellos debido al anhelo de ver todo lo que un viaje nos puede ofrecer y… no fue fácil.

Una servidora había tenido oportunidad de verlos en la Catedral de Reims —en los que predomina el color azul en todas sus tonalidades— y en mis averiguaciones me enteré que Chagall había creado, como regalo a Israel, unos vidrios decorativos en Jerusalén.

Tomé un taxi diciéndole al hombre dónde quería ir y el taxista no tenía ni idea sobre dónde podrían estar los vitrales de Chagall.

Yo sabía que estaban en una sinagoga, pero nunca imaginé que estarían en un importante centro médico llamado Hadassah. El taxista lo averiguó y al fin llegamos a nuestro destino.

Entré al lugar recorriendo los pasillos y averiguando con las personas en dónde podrían estar y nadie me podía dar una pista, hasta que un doctor me dijo que los vitrales estaban en una sinagoga dentro del centro médico y me indicó el lugar diciéndome que la sinagoga se llamaba Abell.

La encontré, abrí la puerta y quedé extasiada ante lo que estaba viendo: 12 hermosos cristales que están inspirados o estuvieron inspirados por las 12 tribus de Israel.

La sinagoga estaba vacía y me senté en una banca que está en el centro del lugar a admirar lo que estaba yo teniendo la oportunidad de ver. Algo espectacular, pues cada vidrio en colores rojos brillantes, azules, amarillos y verdes nos muestran o, se podría decir, nos dan, de manera visual lo que el artista quería dar a entender.

Chagall donó el 6 de febrero de 1962 los vitrales a ese centro médico, diciendo que era un modesto obsequio para el sufrido pueblo judío que siempre ha soñado con el amor bíblico, la amistad y la paz entre los pueblos.

Cada cristal mide 3 metros y medio de alto por 2 metros y 45 centímetros de ancho y el artista comentaba que sentía en su trabajo a su padre y madre detrás de él, observándolo, y detrás de ellos, al pueblo judío.

Siempre dijo que al terminarlos algo se había transformado en su interior debido a que tuvo el control total en su obra, que versa sobre los versículos Génesis 49 y Deuteronomio 33, y que los vitrales en sí transformaron la visión que tenía de sí mismo y le hizo reflexionar en el sentido de la vida y de su pintura, diciendo que el vidrio es un muro transparente de su corazón y el corazón del mundo.

Lo que tuve la oportunidad de observar con detenimiento es algo espectacular en sí mismo, que te llena de hermosura y de agradecimiento a la vida y a Dios.

El artista, durante el bombardeo jordano en la guerra de 1973, fue informado de las pérdidas que tenía el hospital y su contestación fue: “Ocúpense ustedes del hospital y yo de las ventanas”.

Pienso en Israel y en los otros países involucrados en una guerra estéril e incomprensible. Pienso en los vitrales y en Chagall.

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