Por Jorge Rivas Cantillo
La pequeña Itzamara está muy contenta. Cada año espera con ansia la llegada del Hanal Pixán, la ceremonia maya dedicada a los difuntos, pero especialmente la del día 31 de octubre, llamada U Hanal Palal, y no es para menos, ya que el altar de este día es dedicado a los niños difuntos.
Una vez al año y durante tres días, las familias honran a sus seres queridos fallecidos y los invocan para “convivir” y compartir los alimentos. Para el de los niños colocan una mesa decorada con flores de xpujuc amarillas, xtés rojas, velas y un colorido mantel.
Todo esto alegra a Itzamara, pero lo que más la entusiasma son los alimentos que ponen sobre la mesa. Sus grandes ojos negros se iluminan al observar el altar colmado de viandas, relleno negro, escabeche oriental, jícaras con atole nuevo, dulces de coco, papaya y cocoyol, mazapanes; también está presente el xec, ese tradicional y delicioso “revoltijo” de naranjas, mandarinas y jícamas con jugo de limón y sal. En algún lugar de la mesa no pueden faltar dos o tres juguetes que en vida gustaban a los pequeños difuntos.
Pero lo mejor y más esperado por Itzamara, y sin duda su platillo favorito, es el delicioso mucbilpollo, el tradicional manjar maya de masa rellena de pollo y puerco envuelto en hojas de plátano. Itzamara observa a los miembros de la familia que van y vienen tan a prisa que parecen ignorar su presencia. Cada uno tiene una tarea asignada.
Itza, como le dicen de cariño a la niña, observa a la tía Mechita con sus hijas Nicté y Zazil armar el altar y las ofrendas, a la abuela Casimira y mamá Tere que cocinan y preparan la comida que colocarán en la mesa.
Su papá Ceferino y los tíos Pancho y Mencho después de cavar un hoyo en el patio entierran el mucbipollo para cocinarlo de la manera tradicional con brasas de carbón y leña.
Sus primos Brayan y Andrik fueron por el hielo a la tienda de don Roque, mientras los hermanos de Itzamara, Lucieli y Manuel, colocan velas sobre las albarradas para que las ánimas vean su camino al venir y no se pierdan.
También depositan en la puerta de la entrada un plato y una jícara con un poco de alimento y bebida para los difuntos que no tienen quien los recuerde.
Este año a Itzamara no le asignaron tarea alguna, así que solo le queda esperar que todo esté listo para dar inicio a la ceremonia y saborear la rica comida.
La niña percibe los intensos y ricos olores que inundan la choza, presagio de que todo está listo. La familia reunida frente al altar se dispone a celebrar el vínculo entre los vivos y los muertos. Itzamara, la más pequeña del hogar con apenas ocho años de edad, está al frente.
En el altar, según la costumbre, han colocado retratos de los familiares fallecidos, ahí están los del abuelo y de las tías Conchi y Celia, pero aún queda el espacio para uno más.
La ceremonia se inicia y mamá Tere, con lágrimas en los ojos, observa a su esposo Ceferino acercarse al altar para depositar el cuadro que aún falta, la foto de la pequeña y dulce Itzamara, de grandes ojos negros, con sonrisa inocente y pura.
