En la radio y en la televisión sonaba “Billie Jean” y en las noches de los sábados intentábamos imitar los pasos de baile de Michael Jackson. Italia ya había logrado conquistar su tercer Mundial de fútbol de la mano de su delantero Paolo Rossi y Brasil nos había maravillado; aunque también nos quedó claro que no siempre los mejores ganaban los campeonatos.
Al pueblo llegó un joven sacerdote, de nombre Alfredo Estrada Quirarte, y entre las primeras cosas que hizo fue formar un equipo de fútbol de adolescentes. Nuestros uniformes eran negros y nos ganamos a pulso el mote de los “curitas” en la población.
Por aquellas fechas, ir a la Iglesia era algo aburrido, que no nos llamaba la atención, pero poco a poco nos fuimos interesando en las actividades que el Padre organizaba, como la comida de los ancianos, que movilizaba la caridad de los creyentes y no creyentes, las serenatas a los amigos que cumplían años, el censo a la población después del paso del huracán “Gilberto” y la tarea de distribuir apoyos a la gente afectada, así como las jornadas de trabajo voluntario de los domingos para mejorar las viviendas de feligreses pobres o poner pisos de cemento.
La estrategia del sacerdote para acercarnos a la Iglesia fue presentarnos un Cristo como nosotros, vivo y actuante. Y solía empezar sus pláticas con la sencilla pregunta: “¿Te gustaría conocer a Jesucristo?”. Y así, en el trato cotidiano, fuimos conociendo sus parábolas y sus enseñanzas y, a veces, nos cuestionaba: “¿Cómo crees que actuaría Jesucristo en esta situación?”.
El Padre Alfredo nos enseñó que Jesucristo no es esa imagen impasible de los altares y de los nichos de las catedrales y que quien decide seguirlo tiene que comprometerse con los pobres y con la causa del bien común. Conocimos esos tiempos a un Cristo incluyente y que nunca se avergonzó de sentarse en la mesa de quienes otros consideran pecadores.
En nuestra adolescencia, sentimos a Cristo un amigo, que jugaba fútbol con nosotros y que a veces se equivocaba y enmendaba, que estaba en nuestras fiestas y diversiones, pues cada vez que nos enfrentábamos a una duda recordábamos la interrogante del Padre Alfredo: “Pregúntate, ¿qué haría Jesucristo en tu lugar?”, eso nos hacía pensar que él también fue humano y tuvo nuestras debilidades y fue uno más de nosotros, a pesar de su divinidad.
Un abrazo hasta el Cielo al Padre Alfredo, que este 28 de octubre recordamos por su cumpleaños. En tanto, aquí seguimos tratando, con nuestras imperfecciones, seguir sus enseñanzas. Lo dejo de tarea.
Correo: rogergonzalezherrera@yahoo.com.mx
*Profesor
