En el marco del evento “El bordado, arte que teje vidas: Encuentro de bordados mayas”, doscientas productoras de 12 municipios fueron reconocidas ayer por su labor en la preservación de esta tradición ancestral.
La ceremonia tuvo lugar en Uxmal y contó con la presencia de artesanas de Abalá, Dzan, Hoctún, Izamal, Maní, Muna, Oxkutzcab, Tahdziú, Teabo, Tekax, Tekit y Valladolid.
Estas mujeres mayahablantes recibieron un reconocimiento por su labor en el marco del Plan de Salvaguardia del Bordado Maya Yucateco. El proyecto tiene como objetivo mantener el bordado maya yucateco y valorarlo como una forma de organización social, comunitaria y económica.
El encuentro, organizado por el gobierno estatal, Sedeculta, la Unesco y Fundación Banorte, destacó la dedicación de las productoras que mantienen viva una práctica que trasciende generaciones.
A través de 36 talleres de diagnóstico, tres regionales y un encuentro estatal, en los que participaron 320 mujeres y hombres bordadores, se elaboró el plan para atender los retos de esta actividad.
El evento no solo celebró su trabajo, sino también presentó el citado plan, diseñado para resolver desafíos como problemas de salud y la competencia desleal por los bordados digitales.
Se enfatizó la inclusión de hombres en este oficio, que rompen estigmas de género y reconocen su creciente participación, como un paso importante para enriquecer la comunidad de artesanos.
Además, se subrayó la relevancia de las bordadoras como transmisoras de conocimientos de generación en generación, preservando no solo técnicas, sino también la identidad cultural de sus comunidades. Esto se reflejó en la firma de una carta compromiso y la creación del Consejo Estatal de Bordado Maya Yucateco, un esfuerzo autogestivo para generar políticas públicas que respondan a las necesidades de las productoras.
Historias de artesanas y el bordado yucateco
Guadalupe Ku Chablé, de Dzan, comenzó a bordar a los 12 años de manera autodidacta, inspirada por su madre. “Yo sola aprendí, me gustaba mucho ver cómo bordaban. Me quedaba viéndolas todo el día. Mi mamá era bordadora y eso me llamó mucho la atención. Fui muy feliz cuando por fin tuve mi primera prenda bordada”, recuerda emocionada.
Hoy, Guadalupe espera transmitir este conocimiento a su hija Emma. “Las generaciones de ahora no a todas les gusta el bordado, pero también depende de nosotros enseñarlo y preservarlo. Estos vestidos que traemos mi hija y yo, yo los hice. Están bonitos, ¿no? Espero que mi niña aprenda también, pero eso depende de mí enseñarle”.
Norma Naal Caamal, de Tahdziú, también forma parte de una familia de bordadoras. Aprendió el oficio a los 8 años gracias a su madre. Aunque sus hijos conocen la técnica, no se dedican a ella. “Tengo un muchacho que sí sabe bordar, pero mejor se dedicó a su profesión de ingeniero, aunque sí le gusta. Mi hija también sabe, pero no se dedica a bordar; solo yo me dedico. Siempre creí que el bordado merecía reconocimiento y que fuera nombrado como patrimonio. Nosotras no nos dábamos cuenta de cuánto nos regateaban nuestras piezas”.
Norma destaca la importancia del trabajo en equipo y aboga por la inclusión de los hombres en el oficio. “El trabajo en equipo es importante. Es bonito ver cómo entre mujeres nos unimos y compartimos nuestras experiencias. Durante los talleres pudimos conocer más de otros municipios. Es más, puedo decir que nosotras podemos distinguirnos por medio de nuestras puntadas. También los hombres pueden ser parte de esto; sería mucho mejor”.
Por su parte, Celia Pérez Cobá, de Hoctún, junto a su hija y hermana, forma parte del Plan de Salvaguarda del Bordado Maya Yucateco, el cual les ha brindado herramientas para valorar su trabajo. “Aprendimos sobre costos y precios, dar precios justos y evitar aceptar el regateo, que muchas veces es parte del día a día al ofrecer nuestros bordados. Aprendí a los 10 años gracias a mi mamá, y mis hijos ahora saben gracias a mí. El conocimiento va como cadenita, de generación en generación”.
Para Celia, el bordado no es solo un oficio, sino una conexión con sus raíces. “Amo el bordado no solo por ser una forma de meditar o estar en contacto con mis ancestros, sino también porque yo misma confecciono mi ropa. Decido y creo cómo quiero vestir, siempre portando mis propias creaciones”.
Argelia Yamá Aké, de Tixhualactún, Peto, explica que el bordado es un trabajo que requiere paciencia y dedicación. “Por ejemplo, depende del modelo y tamaño; los hipiles tardan de un mes a mes y medio, y las servilletas, como dos días. Todo es a mano, y pues ya llevo mucha destreza. Mi mamá me enseñó a los 8 años; tengo aproximadamente 32 años en el bordado en hilo contado”.
Sin embargo, expresa su preocupación por el impacto de la industrialización. “La gente prefiere comprar bordados baratos, los que son como pintados. Cuando voy a vender, por ejemplo, a ferias, me dicen que en otros lugares son más baratos, pero les explico que no son bordados tradicionales. A pesar de que les explico, no lo aceptan y deciden comprar algo barato”.
Además, resalta las dificultades para cuidar los bordados mientras se venden. “Nos cuesta mucho elaborar los bordados y también mantenerlos en buenas condiciones. Por eso me siento muy indignada cuando llegan y te quieren rebajar nuestro trabajo. Esto es nuestro patrimonio, ¿cómo no lo voy a cuidar?”.
Yolanda Virginia Magaña Alvarado, de Oxkutzcab, combina técnicas tradicionales con el uso de máquinas de pedal e industriales. “Cuando sabes usar esta máquina, puedes manejar las industriales, lo que permite encontrar más rápido trabajo y mejorar tu técnica. A los 9 años aprendí a bordar de todas las formas posibles”.
Subraya que bordar no es fácil, ya que afecta la salud, especialmente la vista. “La tela, los hilos, están caros. Uso electricidad, por lo tanto, pago corriente. No puedo dejar más baratos mis productos porque no ganaría nada. Es importante valorar lo que hacemos”.
Las mujeres bordadoras de Tecoh, por su parte, sobresalen por crear piezas únicas, como servilletas y sabucanes con diseños tradicionales. Su trabajo refleja la esencia de la cultura maya, donde cada puntada cuenta una historia.
El bordado maya es más que una técnica; es una herencia que trasciende el tiempo. Gracias a los esfuerzos colectivos y la integración de hombres en esta práctica, el bordado sigue floreciendo como un símbolo de identidad, creatividad y unión comunitaria.
En el evento de ayer estuvieron presentes el gobernador Joaquín Díaz Mena, Martha Elena May May, representante del Consejo Estatal del Bordadoras de Yucatán; Blanca Romano Gutiérrez, subdirectora de Fundación Banorte; Neyda Aracelly Pat Dzul, presidenta de la mesa directiva del Congreso del Estado; Diego Prieto Hernández, director del INAH; Andrés Morales, representante de la Unesco, y Patricia Martín Briceño, titular de Sedeculta.














