“¡ADORARÁS AL SEÑOR, TU DIOS!”
La narración de las tentaciones recuerda los 40 años del Éxodo, los 40 días de ayuno de Moisés en el Sinaí y el camino del profeta Elías a la montaña Horeb.
En el desierto Jesús fue tentado por el diablo, es decir, “el que divide”, que le presenta una sabiduría alternativa a la voluntad de Dios, incitándole a llevar al cabo su ministerio de acuerdo con las expectativas de la gente. El maligno invita a Jesús a demostrar si de veras es el Hijo de Dios, como se había oído en el momento de su bautismo, haciendo un milagro que elimine, junto con el hambre, la limitación de su propia condición humana; pero Jesús rechaza esa tentación citando Dt 8, 3.
En la segunda tentación el maligno usa a su modo la promesa de Dios en el Salmo 2: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria… Todo será tuyo si te arrodillas y me adoras”. Pero lo que el diablo ignora es que Jesús está “sometido” a Dios Padre con un amor exclusivo; por eso, sólo a Él le sirve. Y, finalmente, el diablo incita a Jesús a inaugurar un reino de éxito espectacular, a lo que Jesús le responde que el abandono total de su vida y misión está en las manos de Dios Padre.
Así pues, como el desierto reduce a la persona a lo esencial, despojándola de lo superfluo y proyectándola hacia algunas cosas fundamentales (agua, pan, camino justo, refugio del Sol), así la Cuaresma nos conduce a la sustancia de la existencia cristiana. El Maligno, el tentador, en vano ignorado por la cultura contemporánea, sigue activo y hostil contra Dios y su justicia.
