“ESTE ES MI HIJO, ¡ESCÚCHENLO!”

La transfiguración de Jesús se relata con la intención de profundizar en su significado.

Con Pedro, Santiago y Juan, Jesús subió a orar. Antes, después de haber orado, Jesús preguntó a los discípulos si ya sabían su identidad; ahora él ofrece la confirmación extraordinaria de sus palabras. Su resplandor hace que lo reconozcamos como el Hijo del hombre profetizado y esperado.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, son los testimonios de la veracidad del evento. Ellos hablaban con Jesús que está llamado a “salir” hasta el límite. En eso, un sopor se apoderó de los discípulos (como sucederá en Getsemaní), dando a entender que el ser humano no puede soportar el peso de lo divino en sus manifestaciones, sean de gloria o de sufrimiento.

Jesús es el cumplimiento de la historia: desde el Tabor, Él será “la tienda del encuentro” de Dios con el hombre. La voz divina desde la “nube” lo proclamó Hijo predilecto y pidió que se le escuche.

Luego, cuando se desvaneció la visión, Jesús quedó solo con los tres apóstoles: entonces inicia de nuevo el camino de la fe, una fe que nace de la escucha-obediencia (como afirma san Pablo en Rom 10, 17), y se lleva a la práctica en la fidelidad del seguimiento.

Así pues, es luminosa e inesperada la gloriosa revelación de Dios que se realizó en su Hijo en el relato de la transfiguración.

Hay algunos elementos narrativos característicos: el monte Tabor, el vestido cándido y resplandeciente, la aparición del profeta Elías y de Moisés, el sopor lleno de tensión que revelan una epifanía solemne en la que la luz de la divinidad envuelve a Cristo hacia quien convergen la profecía y la ley del Antiguo Testamento, encarnadas precisamente por Elías y Moisés. Pero la culminación de dicha epifanía está en las palabras que Dios dirige a la humanidad: “¡Este es mi Hijo muy amado!”.

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