Hola a todos, qué gusto me da verles cada semana por aquí. Ayer fue el Día del Maestro y celebramos a quienes nos guían y enseñan, y con este motivo quiero hacer una pausa para honrar a aquellos que, a lo largo de mi vida, me han enseñado a venerar una profesión que amo profundamente: la de sommelier, ese contador de historias en torno al vino.
Cada semana, ya sea en las aulas universitarias o en los salones de cata, tengo la dicha de compartir con otros las maravillas de este noble producto que nace del corazón de la tierra y se aloja en el corazón del hombre.
Pero hoy no hablaré de vinos ni de recomendaciones. Hoy quiero agradecer a quienes han sido mis maestros, esos guías que me mostraron el camino y me enseñaron a amar el vino.
Mi gratitud comienza en casa, con mi abuelo Venancio Palacios, un hombre sencillo que me enseñó que el vino es más placentero cuando se comparte con quienes amas. En mi natal Argentina, admiré a gigantes como Michel Rolland, Susana Balbo y Sebastián Zuccardi. De Italia, aprendí del gran Carlo Rossi (sí, así se llama mi amigo, y no es publicidad), quien con su trabajo educa a muchos en el mundo del vino.
La lista sigue: Charlie Arturaola, de Uruguay, quien me enseñó a amar el vino desde lo más simple de la vida; Ana María Arias, de Colombia, con su simpatía que transforma cada cata en una experiencia única. En México, tuve el honor de aprender de Elliot Díaz, Antonio Laveaga, Carlos Borboa, Laura Santander y Valente García de Quevedo, maestro del jerez.
Tampoco puedo olvidar a Pilar Meré, Laura Zamora, Sandra Fernández y Valentina Garza, mujeres que, con temple y coraje, llevan el vino a todos los rincones del país. René Rentería, con su inagotable sabiduría, es otro referente que inspira a todos.
También quiero reconocer a los maestros vineros, esos alquimistas que convierten las uvas en vino: Jesús Rivera Covarrubias, de Vinícola El Cielo; Juan Ríos, de Barón Balché, y Hans Backhoff, por mencionar a algunos de esos magos del vino mexicano.
Finalmente, agradezco a mis hijos, que creen en mi proyecto y que, cada noche, esperan una nueva historia sobre el vino antes de dormir. Ellos son mi mayor inspiración.
Regalo
Si usted desea hacer un obsequio a su maestro, piense en una buena botella de vino, ya sea blanco, rosado o tinto. Estoy seguro de que lo agradecerá.
Y como siempre cierro mis clases, les recuerdo: siempre hay una historia para contar detrás de una buena copa de vino. Salud a mis maestros y a todos los maestros. Nos vemos la próxima semana.
