Cada 15 de octubre se conmemora el Día Mundial del Lavado de Manos, una fecha impulsada para recordar a la población la importancia de este hábito cotidiano como estrategia de prevención de enfermedades y promoción de la salud.
Detrás del gesto cotidiano de frotarse con jabón las manos, hay evidencia sólida de su capacidad para interrumpir cadenas de transmisión de patógenos —bacterias, virus, parásitos— que causan enfermedades gastrointestinales, respiratorias, de piel, entre otras, convirtiéndola en una de las intervenciones más costo-efectivas y poderosas para reducir la carga de enfermedades infecciosas en comunidades en el mundo.
Se estima que el lavado de manos puede prevenir un 30% de los casos de diarrea y 20% de las infecciones respiratorias; mientras que en entornos sanitarios una higiene de manos adecuada puede reducir hasta un 50% de las infecciones asociadas a la atención médica (nosocomiales).
En estudios de intervención con escolares, se ha observado que los niños que se lavan las manos con regularidad (al menos cuatro veces al día) tienen 24% menos ausentismo por infecciones respiratorias y 51% menos por problemas digestivos.
Técnica correcta
No basta con mojar las manos y pasarlas bajo el grifo. La efectividad del lavado depende mucho del método:
Mojar las manos con agua limpia (preferiblemente corriente).
Aplicar suficiente cantidad de jabón para cubrir todas las superficies de las manos.
Frotar palma contra palma. Frotar el dorso de cada mano con la palma opuesta, intercalando los dedos.
Entrelazar dedos y frotar. Frotar la zona entre los dedos. Frotar pulgares (giratorios) y puntas de los dedos.
Continuar frotando al menos durante 20 segundos (algunos protocolos indican hasta 30-40 segundos).
Enjuagar con agua corriente. Secar las manos con una toalla limpia, de preferencia desechable, o al aire (dependiendo del contexto).
Si el grifo no puede cerrarse con el codo o el antebrazo, usar la toalla para evitar recontaminar las manos al cerrar.
Cuando no hay jabón y agua disponibles, se puede usar un desinfectante a base de alcohol (mínimo 60%) siempre que las manos no estén visiblemente sucias.
Momentos claves
Para maximizar su prevención, no basta con lavarse de vez en cuando; hay momentos clave en los que el lavado puede marcar la diferencia. Algunos de esos momentos son:
Antes de preparar o ingerir alimentos.
Después de ir al baño o cambiar pañales.
Tras toser, estornudar o limpiarse la nariz.
Después de tocar superficies en espacios públicos (barandales, perillas, pasamanos).
Al cuidar a alguien enfermo o manipular desechos.
Antes y después de atender heridas o aplicarse medicamentos tópicos.
Incorporar estos momentos como hábito reduce significativamente las probabilidades de transmisión de agentes infecciosos.
Cada enfermedad evitada es un antibiótico que no se usa. Al reducir el uso innecesario de antibióticos, se disminuye la presión selectiva que favorece bacterias resistentes. El lavado de manos, por tanto, es parte indirecta del control de la resistencia.
El Día Mundial del Lavado de Manos nos invita a reflexionar que muchas de las enfermedades que padecemos se pueden prevenir con un gesto tan simple como lavarse las manos correctamente. Más allá de su simplicidad aparente, es una herramienta fundamental en salud pública: accesible, económica, eficaz y de gran impacto colectivo.
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