“No se trata de cambiar de amo, se trata de dejar de ser perro”.

Una amiga abogada me compartió esa frase mientras hablábamos del caso de una mujer que lleva 15 años con alguien que la maltrata y no lo deja. Me dolió. Otra conocida se armó de valor, dejó al marido agresor… y hoy la maltrata el padrastro de sus hijos.

En algún momento, yo también busqué la aprobación de mi papá. Y aunque ya no está, aún me descubro buscando aceptación afuera, en otros.

Un conocido dejó de fumar y subió 25 kilos. Otro dejó el alcohol y se volvió adicto a su lujuria. Una amiga que compraba bolsas carísimas, ahora compra tenis que no usa, porque corre.

Un hombre muy rico que conozco sufre gastar y se volvió esclavo de su dinero por temer la miseria .

¿Realmente cambiamos… o solo lo disfrazamos? ¿Lo compensamos?

Vivimos esperando cambios en el país. En cada campaña escuchamos promesas nuevas y muchas veces seguimos igual. Pensamos que todo va a cambiar si el sistema cambia, si el gobierno cambia, si el otro cambia.

Pero… ¿y si el cambio empieza en nosotros?
Yo llevo años “a dieta” y sigo cargando mis mismos kilitos. Pago mis tarjetas al día… pero tengo varias al tope.

Me gustaría dejar de ser perro, pero tengo que entender que si no soy consciente en mis decisiones, solo cambio de amo.

Queremos dejar de ser “perros” —esa metáfora que nos pone en el papel de quienes buscan amor, seguridad, atención… a cambio de obedecer, aguantar, callar o repetir patrones.

Pero si no hacemos conciencia, solo cambiamos de correa.
No lo comparto desde el juicio, sino desde el proceso. Porque yo también estoy en el mío.

Y porque me estoy aprendiendo a amar y aceptar , también me estoy permitiendo ver con más compasión las historias de otros.

Mi nombre es Alejandro Granja Peniche, y escribo para acompañar a quien está en su camino de cambio.
Si esto te hizo sentido, compártelo. Nos leemos el próximo lunes.