El Centro Cultural ProHispen se convirtió anteanoche en un espacio cargado de evocación y gratitud. Antes de iniciar el programa formal, el maestro Ricardo José Quiroz Rivas ocupó el piano para ofrecer al público una selección de piezas que, más que una interpretación musical, parecían el preludio de una memoria compartida. Su ejecución, delicada y profundamente emotiva, marcó el tono de una velada dedicada a celebrar tres décadas de trabajo continuo en favor de la preservación de la memoria peninsular.
El salón principal se llenó de un público que, más que invitado, parecía parte esencial de la historia que estaba por narrarse. Académicos, artistas, investigadores, promotores culturales, empresarios, docentes y asiduos amigos del recinto se reunieron para festejar 30 años de labor ininterrumpida en la conservación del patrimonio documental y cultural de Yucatán. Era un público conocedor, familiarizado con el crecimiento del ProHispen desde sus primeros años y que, de manera directa o indirecta, ha acompañado las actividades que hoy forman parte de su legado. Aunque doña Margarita Díaz Rubio, fundadora del centro y figura clave en su desarrollo, no pudo asistir en esta ocasión, su nombre, su labor y su visión estuvieron presentes en cada intervención de la noche.
El evento fue inaugurado por Efraín Medina Alcocer, director del ProHispen, quien dio la bienvenida con palabras que subrayaron la magnitud de lo alcanzado durante estas tres décadas y la importancia de perpetuarlo en “Voces del pasado, huellas del presente”. Tras la introducción, presentó a tres de las responsables de dar forma al libro conmemorativo: Silvia Eugenia López Gómez, editora y coordinadora documental; la Dra. Stella María González Cicero, autora del prólogo; y Cecilia Gorostieta Monjaraz, diseñadora editorial y gráfica.
Silvia López abrió la presentación explicando la génesis del volumen. Recordó que el centro había publicado materiales para sus aniversarios 20 y 25 —una revista coordinada primero por Beatriz González y posteriormente actualizada por el propio Efraín Medina—, pero que al llegar a los 30 años surgió la necesidad de un proyecto más amplio. “Treinta años se dicen rápido, pero no caben en pocas palabras”, señaló. Por ello se optó por un libro que documentara no solo actividades, sino también el crecimiento, los retos y los frutos de tres décadas de trabajo.
Silvia López destacó la labor de Liliana Hernández Santibañez, quien no pudo asistir, pero realizó una revisión exhaustiva de documentos, cajas y archivos que integran la historia profunda del centro. Su participación permitió cimentar el contenido del libro con rigor, amplitud y contexto.
La Dra. González Cicero continuó con una reflexión sobre el papel de las instituciones culturales privadas en México, especialmente aquellas dedicadas a la conservación del patrimonio documental. Subrayó que estos proyectos requieren visión, recursos y compromiso, y que su impacto se amplifica cuando se sostienen con profesionalismo y constancia. Destacó la singularidad del ProHispen en el panorama cultural de Yucatán, pues resguarda fondos, archivos y colecciones que, sin esta labor, podrían perderse o dispersarse.
La académica describió algunos capítulos del libro, señalando cómo conectan la labor del centro con la identidad cultural del estado. Afirmó que la institución se ha consolidado como un referente indispensable por su seriedad, su carácter altruista y su énfasis en la investigación y la accesibilidad. También reconoció el trabajo de quienes, durante tres décadas, han sostenido este esfuerzo a pesar de los retos propios de una iniciativa de esta naturaleza. “Estas páginas dan fe de una responsabilidad histórica, asumida con rigor y entrega”, expresó.
Posteriormente, Cecilia Gorostieta ofreció una mirada íntima al proceso de concepción visual del volumen, que debía dialogar desde su diseño con la idea de memoria. Explicó que el punto de partida de su trabajo fue una pieza muy querida por el centro: la cobija de José Díaz Bolio, estudioso de la cultura maya, cuyos motivos —serpientes, grecas y colores tradicionales— se integraron en las orillas, el lomo, las guardas y la estructura gráfica del libro.
Relató que el diseño se volvió un desafío cuando el contenido comenzó a crecer. Lo que inicialmente sería un libro de 240 páginas terminó en un volumen de 400, con más de 1,150 imágenes y numerosas tablas que registran nombres de cientos de participantes, invitados, ponentes, artistas, académicos, colaboradores y voluntarios que han acompañado al ProHispen a lo largo de treinta años. “Nadie debía quedar fuera, porque este es un libro hecho de personas”, puntualizó. Añadió que cada capítulo posee una identidad visual propia, definida por paletas de color y motivos que refuerzan su particular enfoque temático.
Silvia retomó la palabra para explicar la organización del volumen, dividido en 11 capítulos con títulos poéticos que buscan transmitir la esencia de cada apartado. El primero —construido a partir de una entrevista con doña Margarita— narra los inicios y el desarrollo del centro. El segundo, dedicado a los archivos, incorpora códigos QR que permiten acceder a inventarios y descripciones ampliadas en línea, haciendo del libro una experiencia interactiva.
Los capítulos posteriores presentan hitos históricos, aniversarios, momentos simbólicos, mapas de ubicación de placas conmemorativas, premios de poesía e historia, programas musicales, presentaciones de libros y conferencias, homenajes y reconocimientos, empresas centenarias y alianzas institucionales. El último capítulo reúne exposiciones, obras teatrales y diversas actividades que completan el mosaico cultural del ProHispen. “En estas páginas también están ustedes. Porque ProHispen no es solo nuestro trabajo cotidiano; es la comunidad que nos acompaña, nos impulsa y llena de sentido cada actividad”, concluyó.
Luego de los aplausos, el maestro Quiroz volvió al piano para cerrar la noche con nuevas piezas que impregnaron el ambiente de serenidad y emoción. Posteriormente, los asistentes participaron en el tradicional brindis de la casa, acompañado de los emblemáticos “sándwiches Margarita”, una costumbre que, al igual que el ProHispen, ha perdurado con afecto a lo largo de los años.
Pese a la lluvia, la noche concluyó entre abrazos y recuerdos compartidos. A treinta años de su fundación, el ProHispen reafirma la misión de su creadora: custodiar las voces del pasado, disfrutar los acontecimientos del presente y abrir caminos para el futuro cultural de Yucatán. Una velada memorable que ya forma parte de la historia del propio recinto.— DARINKA RUIZ MORIMOTO
De un vistazo
Testimonios
En la velada de celebración, se proyectó un vídeo que condensó el espíritu del ProHispen a través de testimonios de quienes lo han vivido desde adentro: investigadores que encontraron ahí fuentes para su trabajo, estudiantes que descubrieron nuevas vocaciones, ciudadanos que participaron en sus actividades culturales y familias que confiaron documentos importantes para su adecuada preservación. Las palabras proyectadas configuraron una identidad colectiva: el ProHispen como un hogar de la memoria, un espacio donde la cultura no solo se conserva, sino que se comparte y se vive.
