El título de “rey”

Por vez primera en los evangelios aparece el título de “rey” aplicado a Jesús cuando llega la hora suprema de su pasión y muerte. Es en verdad significativo si consideramos que diferentes instancias provocaron a Jesús para que se desviara de la voluntad de Dios Padre y condescendiera con los intereses de un mesianismo triunfalista que esperaba del Mesías la restauración temporal de Israel.

Pero Jesús no cederá ahora en el momento de su pasión a las burlas y a las provocaciones del populacho y de sus enemigos encarnizados, los fariseos. Es cierto que ha confesado ante Pilato que él es rey, y es verdad lo que ha mandado escribir Pilato en tres idiomas, para fijarlo en la cabecera de la cruz. Los que se mofan de Jesús crucificado y hacen alusiones al letrero en el que se proclama la causa de la pena y de la gloria del Nazareno, no recibirán otra prueba de la realeza de Cristo que su paciente persistencia hasta el final en la voluntad del Padre.

Cristo es rey en medio de su debilidad y no abdicará de la cruz. Cristo no es rey como lo son los reyes de este mundo, los poderosos que imponen su dominio a punta de las armas y de violencia. Cristo es rey en el amor y por un amor que le lleva a prestar a todos, el servicio de su muerte en la cruz.

Hoy la celebración tiene, pues, en el fondo a Cristo crucificado y a dos “acompañantes”, donde san Lucas hace brillar el acontecimiento del Reino que se inaugura precisamente con Jesucristo crucificado en un día de primavera de Jerusalén.

Las únicas palabras que Jesús pronuncia tienen como vértice el término simbólico de origen persa, “paraíso”, y que es colocado en paralelo con la palabra “reino” pronunciado por Dimas, compañero de muerte de Jesús.

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