D. Bruno Cortés Ramírez, originario de Silao, Guanajuato, quien dirigió las escuelas maristas en Mérida en dos ocasiones hace más de 50 años, vive hoy retirado en esta ciudad, luego de una fructífera labor como maestro en muchos lugares del país y del extranjero, incluyendo Hungría, donde permaneció 16 años trabajando a favor de los gitanos.
La relación de D. Bruno con Yucatán, empero, es más sólida de lo que parece. No solo conoce a mucha gente de aquí, sino como un notable experto en lenguas —además de dominar el latín y otros seis idiomas, ahora se empeña en estudiar maya— aprendió a hablar con acento yucateco antes de venir por primera vez a Mérida, una ciudad de la que, dice, está totalmente integrado.
En entrevista con Diario de Yucatán, en la Casa de Retiro de los Hermanos Maristas, donde él reside —y a la que asistió el Dr. César Briceño Navarrete, exalumno suyo y un lúcido conocedor de la historia de los maristas en Yucatán—, Don Bruno señala que “yo ya hablaba como yucateco desde que llegué a estas tierras por primera vez al aeropuerto de Mérida en 1954”.
“Me acostumbré al acento yucateco cuando siendo profesor de primaria en Querétaro tuve un alumno yucateco de apellido Rivadeneyra, que hablaba con el acento típico de aquí y yo, de tanto oírlo, pues se me pegaron sus formas de hablar”.
“De este modo, cuando pisé suelo yucateco para dar clases en el Colegio Montejo Anexo, yo ya hablaba como yucateco. Usaba locuciones verbales muy de aquí, como ‘ven acá’ o ‘de favor’, por citar algunas”.
Formación marista
Don Bruno, de 92 años —nació el 9 de mayo de 1933— ingresó a la Congregación Marista a los once años. Allí terminó primaria y secundaria y luego cursó el postulantado y el noviciado y más adelante entró al sistema escolarizado marista en Querétaro.
Antes de venir a Yucatán en 1954 fungió como maestro de preprimaria en Guadalajara. En Mérida fue profesor de primaria en el Colegio Montejo Anexo, en la calle 60, donde ahora hay un hotel. “Era una escuela gratuita, donde se daba exclusivamente clases de primaria, distinto al Colegio Montejo de Itzimná, que era de paga”, dice.
“Del anexo me brincaron a Itzimná a dar clases de inglés y allí estuve como soldado raso, por decirlo así”.
En ese tiempo, por intermediación de la Congregación Marista, obtiene una beca de la Fundación Rockefeller para estudiar inglés un año, en una escuela cercana a Nueva York.
Luego regresa a Mérida, “también como soldado raso, pero poco después, en 1963, me eligen superior de la comunidad, durante tres años, en sustitución de D. Vicente Victoria”.
Antes de eso, en 1960, el Colegio Montejo abre su escuela preparatoria, a cargo inicialmente de D. Ramón Pedroza Pardo. Este plantel celebra el 65 aniversario de su fundación en 2025.
Durante su primer periodo como director del Montejo, D. Bruno se distinguió por impulsar aún más la práctica del fútbol, no obstante que en el mismo plantel y en la ciudad en general, el béisbol era el deporte favorito.
Esto no fue obstáculo para que Cortés Ramírez —quien como casi todos los maristas que enseñaban en Mérida venían de El Bajío y seguían a “Las Chivas” del Guadalajara o al Atlas o al Oro— impulsara la siembra de pasto en las canchas de fútbol de Itzimná, como lo hizo después en los terrenos del CUM en Cordemex, y promoviera la organización de ligas de competencia entre equipos del colegio, que luego crecieron hasta incorporar a otras escuelas de la ciudad.
—Por todo esto algunas personas lo consideran como uno de los principales promotores del fútbol en Yucatán. ¿Así fue?
—Un poco— responde.
—Ahora, a su edad, ¿sigue disfrutando el fútbol, ve los partidos por televisión?
—No, me duermo.
—¿Y qué recuerda de esa época, cuando promovía este deporte?
—Casi nada, pero hay un detalle de mi vida relacionado con el fútbol que nunca se me olvida: la inauguración del estadio de fútbol en Irapuato en 1942 (tenía nueve años) cuando vino un equipo de Argentina, el San Lorenzo de Almagro, con Isidro Lángara y otros grandes jugadores. Eso se me quedó aquí, grabado.
—¿Y de su paso por Mérida qué recuerdos tiene así de fijos?
—Algo que tampoco se me olvida: un platillo yucateco muy sabroso llamado Bu’ul k’éek’en.
—¿Qué idioma es ese?
— Es maya, significa frijol con puerco y es muy sabroso. Esa palabra nunca se me olvida…
Al final de 1967 D. Bruno Cortés abandona Mérida y se traslada a una escuela en Nuevo Laredo y de allí viaja a Roma un año a un curso de espiritualidad marista.
En 1972 retorna a Yucatán como director del CUM, en sustitución del H. José Guadalupe Romero Torres, porque “la situación estaba un poco turbia y me mandan a apaciguar las aguas”, dice.
En ese tiempo había inconformidad entre algunos estudiantes y padres de familia por el cambio de ubicación del CUM de Itzimná a Cordemex, a la orilla de la antigua carretera a Progreso, entonces alejado y poco comunicado, y por un lamentable accidente en el que falleció un alumno atropellado por el tren, enfrente de la escuela.
D. Bruno recuerda que las protestas de algunos padres de familia se hacían “malsanamente. Se quejaban de que se nos había ocurrido fundar un colegio al lado de la vía del tren, pero no se daban cuenta o no querían reconocerlo, que las monjas del Colegio Mérida estaban en la misma circunstancia. Lo hacían nada más por molestar y por eso me mandan a mí a apaciguar los ánimos”.
—¿Cómo los apaciguó?
— Nada más llegué y se apaciguaron. Continuará.— HERNÁN CASARES CÁMARA
“Yo ya hablaba como yucateco desde que llegué a estas tierras por primera vez al aeropuerto en 1954”
