LISBOA (EFE).— Para Antonio Lobo Antunes, fallecido ayer a los 83 años de edad, los libros no eran más que “locuras estructuradas”. Una definición muy adecuada para este escritor y psiquiatra, que desató su libertad creativa en tres decenas de novelas.
Durante una visita a Barcelona en 2019 para presentar “De la naturaleza de los dioses”, el autor portugués reivindicó esa libertad afirmando que “alguien dijo una vez ‘hagamos lo que queramos, que siempre dirán que estamos locos’”.
La soledad, la muerte, el amor, la locura y la guerra colonial son temas recurrentes de sus obras, que le llevaron a ser uno de los escritores más reconocidos de la lengua portuguesa.
El semanario “Expresso” recordó ayer varias entrevistas que le hizo a Lobo Antunes, en las que él confesaba que nunca planeó cómo escribir sus novelas.
“Las imágenes me llegan sin saber muy bien cómo ni de dónde”, admitió y agregó que la memoria era el motor de su escritura.
Nacido en Lisboa en 1942, en el seno de una familia burguesa, estudió Medicina y se especializó en Psiquiatría. Como médico militar estuvo en Angola durante la guerra colonial, lo que le marcó de manera decisiva.
En 1979 hizo su debut literario en Portugal con “Memoria de elefante” y el mismo año lanzó “En el culo del mundo”, que lo consagró como una de las voces más poderosas de la ficción.
Les siguieron “Conocimiento del infierno”, “Acerca de los pájaros”, “Fado Alejandrino” y “Auto de los condenados”.
La mayor parte de su bibliografía corresponde a los últimos veinte años y en ella figura novelas como “Ayer no te vi en Babilonia”, “Mi nombre es legión”, “El archipiélago del insomnio”, “¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?”, “Sobre los ríos que van”, “Comisión de las lágrimas” y “El tamaño del mundo”.
En una entrevista con EFE en 2005 confesó su respeto por Miguel de Cervantes, aunque reveló que el escritor ibérico que más le deslumbraba era Francisco de Quevedo.
También recordó que empezó a escribir porque leía “los cómics de Flash Gordon, el Pato Donald y Tintín”.
“Para mí, Sandokan tuvo más importancia que el Quijote, y Corín Tellado que Cervantes, porque las empleadas de mi madre lo leían y yo también”, aseguró.
A lo largo de su trayectoria sonó como candidato al Premio Nobel de Literatura. Sí ganó numerosos reconocimientos, como el Premio Camões en 2007 por ser “un autor lúcido y crítico de la realidad literaria”.
Los galardones no cambiaban nada, manifestaba. “Es evidente que los premios son agradables, sobre todo si vienen acompañados de dinero. Los premios son fenómenos mediáticos y me parece que tienen poco ver con la literatura”, subrayó.
Sobre su rivalidad con José Saramago, aclaró que no tenía “ni buena ni mala relación” con él, pero no estaba en su círculo de relaciones.
