En una sala casi vacía, que de algún modo demostró lo que se diría después, Fabio Morábito presentó anteanoche su más reciente poemario, “Canción segunda”, en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey).
La presentación fue guiada por Rogelio Rosado, quien compartió que el título del libro alude al momento en que, al terminar una película, la mayoría de los espectadores abandona la sala antes de que suene la segunda canción de los créditos. Ese instante olvidado, dijo, se convierte en una metáfora de la poesía.
“Estoy de acuerdo contigo”, dijo Morábito.
“Me llamó la atención darme cuenta de que siempre la segunda canción es una canción que nadie escucha porque para ese momento en que entra la segunda canción la sala prácticamente está vacía y, sin embargo, tiene que haber esa canción”.
“Esta relación que tú haces con la poesía sí es cierta, de algún modo la poesía es lo que queda siempre al final. Se venden muy bien las novelas, se vende muy bien la narrativa. Y la poesía ahí está, la pobre poesía, como decía Borges, pero tiene que existir, tiene que estar ahí”, agregó el escritor.
Sobre la idea de que su poesía se centra en lo cotidiano, como sugirió Rogelio Rosado al mencionar objetos y situaciones presentes en el libro, el autor aclaró que no es que le interese la cotidianidad en sí.
“Pero lo que me sucede es que en las cosas que me rodean, en la relación cotidiana, encuentro un motivo que puede trascender la cotidianidad y convertirse en una experiencia compartida por mucho”, aseguró.
Más allá de uno mismo
Para Morábito, lo aparentemente trivial puede convertirse en materia poética solo si logra ir más allá de sí mismo. “Creo que la poesía nació para eso, para dar espacio a todas estas experiencias y situaciones que antes no tenían un nombre porque no tenían el suficiente grado de heroicidad como para llamar la atención”.
“Y poco a poco la poesía se ganó ese derecho a hablar de cosas íntimas y cosas aparentemente intrascendentes. Digo aparentemente, porque si realmente fueran intrascendentes no cuajarían en el poema”, consideró.
La conversación derivó hacia el proceso de escritura y, en particular, hacia una postura crítica frente a la noción contemporánea de “proyecto”. Morábito lo señaló en su libro. “Cuando digo eso, lo digo de un modo un poco polémico porque últimamente yo no se habla de libros, se habla de proyectos. Tú le preguntas al escritor, ¿qué estás haciendo? Y luego sale la palabra proyecto, ‘Tengo uno, dos, tres proyectos’”.
El término, confesó, le genera desconfianza: “A mí la palabra proyecto me salpica, no me cae bien. Porque es muchas veces la coartada para el fracaso. ‘Era un proyecto. No era un libro, era un proyecto’. El proyecto es algo que es un bosquejo de algo. Si se da, bien, si no, ya estará de un modo justificado en el posible fracaso”. En contraste, la idea del libro es como una apuesta que implica riesgo y posibilidad de error.
Agregó que un libro se improvisa página tras página, sobre todo uno de poemas, que se forma a través de los versos, que son finalmente experiencias que ocurren cuando se leen poemas, cuando uno recuerda.
Aunque dijo que él trata de escribir todos los días, subrayó que la aparición de un poema no puede forzarse.
“No todos los días salen poemas, me espantaría si todos los días yo pudiera escribir un poema, empezaría a sospechar que es un poema malo”, admitió.
Ese carácter imprevisible es, en parte, lo que da forma al libro, que termina por adquirir una lógica propia: “Entonces, ese libro es el producto de un tiempo que uno no puede determinar. Poco a poco se va haciendo. Claro, el libro empieza luego a guiar al propio poeta, decirle: ‘Este poema, no’. En fin, empieza a tener una vida propia, orgánica y desecha él solo poemas que por alguna razón siente que no le pertenece a ese organismo”.
Morábito abordó otro de los temas recurrentes en torno a la poesía, su supuesta dificultad. Cuestionó la idea de que sea inherentemente inaccesible. “La poesía tiene un falso prestigio. Nadie la lee o muy pocos la leen, pero tiene mucho prestigio, por eso es falso”.
Explicó que el género “tiene una fama de cosa difícil, cosa complicada, cosas que no se entiende”.
“En realidad eso es falso, la poesía se debe entender perfectamente a condición de ese mínimo entrenamiento”.
Sin embargo, advirtió que la comprensión de un poema no puede equipararse a la de otros discursos. “No podemos entender un poema como se entiende una carta comercial o como se entiende una novela”. Incluso en géneros aparentemente más accesibles, añadió, la comprensión suele ser parcial: “Podemos entenderla en la superficie, pero luego, si alguien nos pregunta ¿qué tiene esa novela?, a veces el lector dice barrabasadas, siguió perfectamente la historia, pero se ve que no entendió la sustancia de lo que leyó”.
Para el autor, el problema no radica en la poesía sino en la lectura misma: “O sea, ese es un problema de la lectura, más que de la poesía. La poesía carga de manera interior con el problema del lenguaje, que sí es un lenguaje que muchas veces es oscuro, pero que tiene sus leyes y tiene su coherencia. Hablo de la buena poesía”.
“Y cuando hablo de la buena poesía me refiero a que el poeta se hace responsable de cada palabra. No juega sucio, no pone trampas, no busca falsos efectos, quiere ser coherente con lo que dice, corrige mucho hasta dejar el poema en la expresión que él considera la más adherente, la más exacta a lo que quiere decir”. — IVÁN CANUL EK
Poesía persistente
Fabio Morábito destacó que, aunque la narrativa domina las ventas, la poesía resiste como forma esencial. Permanece al final, discreta, pero necesaria dentro del panorama literario.
Contra proyectos
Criticó la noción de “proyecto” en literatura, al considerarla una justificación del fracaso. Defendió el libro “Segunda canción” como apuesta arriesgada que se construye progresivamente.
Lectura poética
Morábito cuestionó la supuesta dificultad de la poesía. Admitió que requiere entrenamiento mínimo, pues su complejidad radica en el lenguaje y en la forma de leer.
