Astillas. Una historia de amor diferente, libro de Leslie Jamison que obliga a mirar de frente las propias fisuras.
Astillas. Una historia de amor diferente, libro de Leslie Jamison que obliga a mirar de frente las propias fisuras.

Mérida, Yucatán.- Hay libros que se leen como si uno estuviera espiando una vida ajena; Astillas. Una historia de amor diferente, de Leslie Jamison, pertenece a otra categoría: obliga a mirar de frente las propias fisuras.

No es solo la crónica de un matrimonio que se rompe ni el retrato —a veces luminoso, a veces extenuante— de la maternidad temprana, sino un ejercicio de escritura que indaga en algo más incómodo: la dificultad de entender qué fue verdadero en una historia de amor cuando ya ha terminado.

Desde sus primeras páginas, el libro avanza a través de fragmentos —escenas domésticas, recuerdos del enamoramiento, reflexiones que interrumpen la narración—, como si la memoria misma se resistiera a ordenarse en un relato lineal.

Esa forma no es un gesto gratuito: responde a una experiencia emocional que no puede ordenarse de otro modo.

En Astillas, cada episodio funciona como un resto, una esquirla de sentido que persiste incluso cuando la relación que lo originó ha desaparecido.

Jamison aborda el amor, la vulnerabilidad, el dolor y la empatía pero lo hace desde un territorio más expuesto: el de su propia vida.

El resultado no es una confesión complaciente, sino un texto que se interroga constantemente a sí mismo, que duda, que se corrige, que evita las certezas fáciles.

En conversación con Diario de Yucatán, la autora reflexiona sobre la escritura fragmentaria, la persistencia del amor en la memoria y las formas en que una ruptura puede transformar la manera en que nos entendemos a nosotros mismos.

—El libro está construido a partir de fragmentos que luego adquieren una estructura muy clara. ¿Esa forma nació de la experiencia misma —de escribir en medio de la maternidad— o fue una decisión posterior al momento de organizar el material?

—Mientras vivía esa experiencia, escribía todo el tiempo. Iba anotando fragmentos en mi computadora, un documento con muchos fragmentos donde registraba lo que estaba viviendo.

Sobre todo, en los primeros meses de vida de mi hija: cuando eres madre en esa etapa, solo tienes tiempo para escribir así, en fragmentos. A veces tienes veinte minutos, a veces solo cinco.

Pero después, con el paso del tiempo —un año, dos años—, fue posible organizar esos fragmentos. Fue como construir un edificio.

El libro está dividido en tres partes: “Leche”, “Fumar” y “Fiebre”. No quise una estructura cronológica, sino emocional.

“Leche” está ligada al deseo de unión total con mi hija; “Fumar”, a la esperanza de libertad, a la separación; y “Fiebre” intenta reunir esos dos impulsos: la necesidad de unión y la necesidad de libertad al mismo tiempo.

Así que la forma del libro es una combinación de ambas cosas: primero, la escritura fragmentaria que surge de la experiencia; y después, un trabajo de construcción más consciente, casi como armar un rompecabezas o componer una pieza musical.

—El título Astillas remite a algo pequeño pero persistente, que se clava y no desaparece. ¿Te interesaba pensar ciertas experiencias —como el amor o la maternidad— como algo que permanece en el cuerpo y en la identidad?

—“Astillas” alude a fragmentos muy pequeños, casi invisibles, pero afilados: se clavan y duelen.

Me parecía una imagen muy precisa no solo para la maternidad, sino también para las experiencias más intensas y profundas.

Hay vivencias que se quedan en el cuerpo como una astilla: no desaparecen, no se pueden olvidar.

Permanecen en el cuerpo, en la vida, en la identidad. Y muchas veces son experiencias dolorosas que nos acompañan para siempre.

El título intenta nombrar esa persistencia.

—En el libro escribes: “No somos amados como queremos, sino como los demás nos aman”. ¿El verdadero reto del amor es aceptar a la otra persona tal como es, y no como la imaginamos?

—Creo que, en los primeros meses, incluso en los primeros años de una relación, el amor funciona como un vínculo entre dos ideas: la idea que cada uno tiene del otro.

Cuando estamos empezando a amar, en realidad amamos esa idea.

Con el tiempo —con los años, las experiencias y también las dificultades— el amor cambia: deja de ser una relación entre ideas y se convierte en una relación con una persona real.

Y eso implica aceptar que el otro es distinto a lo que imaginábamos.

En mi caso, con mi exesposo, creo que eso fue imposible: no pudimos renunciar a las ideas que teníamos el uno del otro.

—Después de una ruptura, no solo cambia la relación con el otro, sino también la imagen que tenemos de nosotros mismos. ¿Te interesaba explorar ese momento en el que uno deja de verse como creía y tiene que enfrentarse a una versión más compleja de sí mismo?

—Creo que, después de una ruptura, es posible ver cosas que antes no podíamos ver.

Por ejemplo, durante mucho tiempo tuve una idea de mí misma: pensaba que era una persona siempre amable, siempre buena. Pero después del divorcio tuve que enfrentar otra imagen: la de alguien con aspectos difíciles, incluso con partes que no me gustan.

No soy una villana, pero tampoco soy completamente buena. Y aceptar eso fue importante para mí.

Ese es uno de los temas del libro: qué posibilidades aparecen después de una ruptura, incluso cuando es triste y muy intensa.

—Aunque el libro tiene un arco emocional claro, su construcción también parece surgir de asociaciones entre distintos momentos de tu vida, incluso de tu historia familiar. ¿Te interesaba que la estructura reflejara ese diálogo entre pasado y presente?

—Sí, pero ese proceso no fue completamente consciente desde el inicio.

Al principio escribía fragmentos sin saber exactamente todo lo que formaría parte del libro. Por ejemplo, no pensaba que la historia de mis padres y su matrimonio sería importante.

Pero mientras escribía sobre mi propio matrimonio, empecé a darme cuenta de que la relación de mis padres también estaba ahí, que había influido en mis ideas sobre el amor, el matrimonio y el divorcio.

Construir el libro fue, en ese sentido, un proceso de asociaciones: entre el presente y el pasado, entre mi experiencia y la historia que había heredado.

También fue una forma de entender que el divorcio no es solo una ruptura dolorosa. Puede ser, al mismo tiempo, una oportunidad para ver aspectos de uno mismo que antes no eran visibles, para cambiar, incluso para transformarse.

Así que la estructura del libro no solo sigue un proceso emocional, sino también un movimiento entre pasado, presente y una cierta imaginación del futuro.

Tal vez, como sugiere Astillas, las historias no se rompen del todo: simplemente cambian la forma en que seguimos habitándolas.

TE RECOMENDAMOS LEER: Jaime Sabines, ¿por qué sus poemas son virales y siguen tocando corazones en 2026?

Licenciada en Comunicación. Máster en Periodismo Digital por la Universidad Autónoma de Madrid. Certificada en Inbound Marketing. Dos décadas de experiencia en radio, televisión, prensa y medios digitales.