El arquitecto Héctor Durán Castillo durante su conferencia, ayer
El arquitecto Héctor Durán Castillo durante su conferencia, ayer

“La arquitectura tiene que ser una herramienta social, una herramienta de transformación. Creo que la arquitectura coadyuva a la solución de los problemas”.

Así lo planteó ayer el arquitecto Héctor Durán Castillo durante su ponencia “La enseñanza de la historia de la arquitectura como herramienta de conservación del patrimonio edificado en Mérida, Yucatán”.

Para él, la enseñanza de la historia de la arquitectura no es un requisito académico, sino una vía para formar una postura crítica frente al presente. La conferencia tuvo lugar en la segunda jornada del XII Simposio sobre Patrimonio Cultural de Mérida, en la Universidad Marista.

Durán Castillo inició su presentación reflexionando en el papel que tiene la formación académica en la manera en que se entiende, se valora y, eventualmente, se conserva el patrimonio.

Desde el inicio cuestionó la forma en que se enseña la historia en las escuelas de arquitectura, pues, señaló, muchas veces está aislada del resto de la formación, lo que impacta en la práctica profesional.

Para el maestro en Arquitectura, estudiar historia no es mirar hacia atrás, sino entender el presente con mayor claridad. “La mirada histórica es una forma de situar nuestra propia práctica en la continuidad de un tiempo que no se detiene”.

Añadió que los procesos arquitectónicos responden a contextos sociales, políticos y culturales que siguen en transformación.

Desde ahí, la arquitectura se asume también como una postura. “La arquitectura es política, porque es una declaración de cómo funciona la sociedad”.

En el contexto local, opinó, se vive una contradicción. Por un lado, el patrimonio se ha vuelto un “objeto de deseo”, pero al mismo tiempo se enfrenta a una fuerte presión constructiva. “Hay muchísima destrucción de arquitectura, de territorio, de costumbres”, indicó y agregó que detrás de estos procesos hay comunidades que terminan siendo desplazadas o transformadas sin ser tomadas en cuenta.

Lo ejemplificó con el caso de Santa Gertrudis Copó, donde los habitantes se manifestaron por el desabasto de agua tras el crecimiento desmedido de la zona y con las intervenciones en espacios públicos que evidencian una falta de regulación efectiva y de diálogo con quienes habitan esos entornos.

De ahí que considere importante formar criterios desde la academia.

En este punto, destacó el papel de las universidades en la construcción de una cultura de conservación. Recordó que hace algunas décadas el patrimonio en Mérida no era valorado. “Las casas en el Centro Histórico prácticamente se regalaban”. En contraste con la situación actual, en que este punto de la ciudad se ha revalorizado de forma significativa.

Ese cambio no ocurrió de forma espontánea, sino a partir de investigaciones, publicaciones y programas académicos que ayudaron a reconocer el valor de estos espacios. “La academia genera el conocimiento y tenemos el deber de organizar el conocimiento y difundirlo”, sostuvo.

Advirtió que aún hay retos en la forma de enseñar. Hizo una crítica a la enseñanza centrada únicamente en lo estético y propuso una visión más compleja. “No es hacer maqueta por hacer maqueta; es reconocer por qué el inmueble es importante”.

También planteó la necesidad de dejar atrás visiones lineales y eurocéntricas de la historia. “La historia de la arquitectura no es lineal. Los períodos se traslapan y son discontinuos”. Las realidades locales, como la de Yucatán, tienen sus propios tiempos y procesos.

Cerró su presentación enfatizando que la historia no es un contenido aislado, sino una herramienta que atraviesa toda la práctica arquitectónica. “La historia suele verse como ajena a la práctica, cuando en realidad la contiene en todos sus aspectos”, concluyó.— Karla Cecilia Acosta Castillo

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