“AL QUE ME AMA, MI PADRE LO AMARÁ”

En el texto del evangelio de hoy, no se trata de un catálogo de preceptos, de unos mandamientos semejantes a los de la ley de Moisés. Más bien se trata de la obediencia de la fe a la enseñanza de Jesús y de la práctica del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor.

Según san Juan lo que Dios espera de las personas es fe y amor, inseparablemente. El amor es la vida de la fe, la fe es la obediencia del amor a la Palabra de Dios. El único pecado es la incredulidad, el odio y la mentira que se oponen al Evangelio.

Es el Espíritu Santo, la fuerza de Dios que Jesús Resucitado enviará desde Dios Padre para consolidar su obra y llevarla a su cumplimiento. Se llama “defensor”, porque dará testimonio de Cristo no sólo en el corazón de los creyentes, sino también ante los tribunales, porque argüirá al mundo de mentira, porque acompañará con su poder la palabra evangelizadora. Por eso es también “espíritu de verdad” y “espíritu de Cristo”, pues Cristo es la verdad.

Además, Jesús no se despidió para siempre, porque volverá. Al parecer se refirió Jesús a un nuevo modo de presencia en medio de sus discípulos una vez que haya resucitado. Entonces será invisible para el mundo, pero vivirá y estará con sus discípulos hasta la consumación de la historia.

Las enseñanzas de Jesús en la última noche de su vida terrena se parecen a las olas que corren a lo largo del litoral para retomar luego la vía al mar: su movimiento es repetitivo. Esas palabras de Jesús que escuchamos hoy en el Evangelio tienen movimientos constantes, se intuyen trazos idénticos, repetidos, sin embargo, todos tienen algo inédito. Invoquemos siempre al Espíritu Santo para que nos sostenga y nos defienda y libere en los momentos difíciles.

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