“VAYAN Y HAGAN DISCÍPULOS”
San Mateo trata de reflejar en el texto del evangelio de hoy lo más importante que los otros evangelios nos ofrecen en diversos momentos y situaciones. Jesús habla aquí como el “hijo del hombre” que ha de venir sobre las nubes y a quien Dios Padre le ha dado todo poder. Ha pasado el tiempo previsto por Dios para anunciar el evangelio exclusivamente a los hijos de Israel.
Ahora comienza la misión a todo el mundo, a todos los pueblos de la tierra.
El bautismo debe ir precedido de la enseñanza apostólica. Al recibir el Bautismo, la persona debe confesar su fe en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Las tres divinas Personas, de las que san Mateo nos ha hablado repetidamente, aparecen aquí por vez primera en perfecta igualdad. Por el bautismo, el hombre se une a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y se compromete a guardar todo cuanto Jesús ha mandado predicar a sus Apóstoles.
La predicación apostólica congrega la comunidad de Jesús. Donde dos o más se reúnen en nombre de Jesús, allí comienza la iglesia, allí está Jesús en medio de sus discípulos hasta el fin del mundo. Por eso, los poderes del infierno, el mal, no pueden prevalecer sobre la comunidad de Jesús.
Así pues, la Ascensión de Cristo al cielo es, pues, con su símbolo espacial, la proclamación gloriosa de su resurrección, de la superación de parte de Cristo de nuestro límite y de nuestra prisión. Jesucristo, el Hijo de Dios, “bajó” del área divina entrando en la llanura de las personas y hundiéndose en una de sus tumbas. Pero con la Pascua Él rompió la prisión de la tierra para que, regresando a la patria de Dios, lleve consigo a todas las creaturas. Por eso “está escrito: subiendo a los cielos, ha llevado consigo a los prisioneros, y ha distribuido dones a los hombres” (Ef 4,8).
