Elmer Mendoza llena “La sirena y el jubilado” de alusiones a autores, como Sergio Ramírez y Umberto Eco
Elmer Mendoza llena “La sirena y el jubilado” de alusiones a autores, como Sergio Ramírez y Umberto Eco

Es como si se hubiera anticipado a lo que iba a pasar. Pero en realidad Elmer Mendoza solo ficcionaba a partir de la realidad de México. Porque “La sirena y el jubilado”, su más reciente novela, con sus partidos políticos respaldados por cárteles de la droga y sus opositores silenciados a punta de pistola, se siente como si describiera lo que ha sucedido en los últimos meses en el país.

Sin embargo, Mendoza comenzó a escribir el libro mucho tiempo antes, durante el confinamiento por la pandemia de Covid-19, previamente a las elecciones presidenciales de 2024, cuando “ocurrieron cosas que se parecían un poco a lo que había contado”.

El foco de “La sirena y el jubilado” (Alfaguara, 2026) está en Carmen Larrañaga, una joven sobreviviente de la violencia del narco que en Sinaloa desea ser electa diputada federal para impedir —legislando— que su experiencia se repita en otras mujeres. Después de sufrir un atentado, solicita la protección física de su vecino Néstor del Valle, una persona mayor que tiene más pasado y recursos de defensa que los que aparenta.

“Quería escribir una novela con un personaje femenino”, explica Mendoza al Diario. “Fui despacio porque no a todos se nos facilita crear un personal femenino. Son muy complejas las mujeres para algunos que las respetamos y queremos que aparezcan como debe ser”.

Carmen no es el única mujer de la trama. Está rodeada por su jefa de campaña, vecinas comprometidas con sus objetivos e incluso otras que, aunque en principio son sus antagonistas, terminan por respaldarla.

“Algunas autoras importantes de la literatura contemporánea son mis amigas y leer sus novelas me acerca un poco a un modelo de personajes femeninos; pero creo que al final la que más me orientó (al crearlos) fue mi esposa Leonor”, confiesa Mendoza, quien en esta novela deja en la banca al detective Zurdo Mendieta.

Con una mujer y una persona mayor al frente de la trama, el escritor deseaba “trabajar personajes que estuvieran en el extremo”. En el caso de Del Valle, quería reivindicar a la tercera edad, etapa que algunos ven “como que ya terminó la vida, lo que sigue es morirse”, postura con la que, opina el autor culichi, se “desperdicia muchísima sabiduría”.

“A los jóvenes no les caería mal conversar con alguna persona de la tercera edad”, considera. “Cuando yo era joven tenía mucho respeto por los mayores y me impactaba todo lo que sabían de la vida, cómo podían interpretar un chiste, un dicho, una conseja”.

“Es un sector que no tiene por qué ser ninguneado ni eliminado, mucho menos sacrificado, sino comprendido. Debería haber en nuestro país programas para impulsar su productividad”.

A lo largo de la novela, de 225 páginas, hay continuas referencias a otros escritores y a pintores, “saludos que me permito enviar a mis amistades”, confiesa Mendoza.

Uno de ellos es el pintor guerrerense Carlos Maciel, Kijano, de quien “me gusta mucho su obra porque es un auténtico atrevimiento lo que hace; tiene una visión del mundo, y del mundo femenino, muy sutil y amorosa; la mezcla de colores no la considero tradicional”.

“Desde que vi por primera vez su obra me impactó y luego nos hicimos amigos”.

Otra mención por nombre es a la investigadora yucateca Sara Poot Herrera, “mi querida amiga”, como la describe el escritor.

En cuestión de la forma, Elmer Mendoza no sigue las reglas de la gramática que enseñan en la escuela. Los diálogos no están organizados por guiones ni comillas, y se pasa de una descripción a un pensamiento a una declaración sin que se marque la transición.

“En la universidad encontré a James Joyce, es uno de mis principales maestros; tiene que ver con proponer un trabajo discursivo a partir de sí mismo, cuando uno escribe a partir de sí mismo puede pasar cualquier cosa… Partir de las influencias de ruptura, que son las que más me gustan”.

“Si uno pretende ser un novelista de su época y la época tiene sus características, problemas, modas, culinaria… es imposible escapar de eso. Yo prefiero no escapar”, reconoce.

Mendoza también ha escrito obras para niños y ofrecido talleres infantiles. En tiempos de sobreestimulación sensorial que reduce el lapso de atención a minutos, ¿qué futuro le ve al autor a la literatura? ¿Habrá personas que en unos años quieran leer 200 páginas?

“Por supuesto y no solamente 200, habrá de leer más. Hace mucho tiempo hablaron de la muerte de la novela y cada vez hay mejores novelistas. La literatura negra está creciendo mucho. Cada vez conquistamos más lectores porque tenemos el valor de contar lo que está ocurriendo en este país”.

“Puede que se amplíen los soportes para leer, a lo mejor ya no leen libros impresos en papel, pero leerán los electrónicos, los audiolibros. Me enteré que en Japón empezaron con los libros electrónicos hace mucho tiempo y ahora la gente prefiere leer en libros de papel”.

“Al menos esa es la idea que yo tengo”, subraya. “Pero si fuera adivino igual falseaba los datos de que el libro no va a desaparecer”.— Valentina Boeta Madera

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