A sus 26 años, Luis Arturo Gómez Escobedo alcanzó una meta que, en otras circunstancias, podría parecer improbable: concluir una maestría en Arquitectura en la Universidad de Harvard.
El pasado 28 de mayo, el yucateco recibió el grado de Master of Architecture por la Graduate School of Design, coronando un camino marcado por el esfuerzo familiar, el trabajo constante y una convicción inculcada desde la infancia por sus padres.
“No hay imposibles”, escuchó durante años de boca de su padre. “Cada sacrificio tiene su recompensa”, repetía también su familia. Hoy, asegura, ambas expresiones constituyen una forma de entender la vida.
Detrás del profesional graduado en Harvard permanece la historia de un niño yucateco que cruzó la frontera a los siete años para reunirse con su padre en San Francisco, California, y que desde entonces ha construido su camino sin olvidar sus raíces peninsulares.
Migrar, un reto desde pequeño
Nacido en Mérida y criado durante sus primeros años en la colonia María Luisa, al sur de la ciudad, Arturo conserva recuerdos nítidos de una infancia sencilla y familiar: las caminatas por el barrio, los juegos al aire libre y las visitas a sus abuelos y tíos. También recuerda la ausencia de su padre, quien emigró a Estados Unidos en 2001, cuando él tenía apenas un año y medio.
Como ocurre en miles de familias mexicanas, la distancia se sostuvo a través de llamadas telefónicas, fotografías y la esperanza de reencontrarse algún día.
“Cuando estaba chiquito y pasaba un avión, le preguntaba a mi mamá: ‘¿Y ahí viene papá?’”, recuerda. “Para mí solo era querer estar con mis papás juntos, no importaba dónde”.

A pesar de la separación, nunca sintió una ausencia emocional. Su madre, Glendy Madeleine, procuró mantener viva la presencia paterna. “Mi mamá nunca permitió que hubiera ausencia emocional. Siempre me decía que hablara con mi papá. Él estuvo presente, aunque fuera a distancia”.
A los siete años llegó la decisión que cambiaría el rumbo de la familia. Migrar no fue sencillo.
Algunos familiares sugirieron que Arturo permaneciera en Yucatán mientras sus padres se establecían en Estados Unidos, pero su madre se negó. “No. Vamos juntos”, decidió. El trayecto hacia la frontera quedó grabado en su memoria: los vuelos, las largas esperas, el cansancio y la incertidumbre de un niño que apenas comprendía lo que sucedía.
Recuerda que era el único niño del grupo y que su madre era la única mujer. Durante el trayecto, un oficial le preguntó adónde iba. “A reunirme con mi papá”, respondió. El hombre le entregó una paleta y le deseó buena suerte. “Yo no entendía realmente el sacrificio ni todo lo que significaba. Solo sabía que iba a ver a mi papá”.
La escena del reencuentro sigue viva en su memoria: un niño impaciente por cruzar la calle y abrazar al padre que durante años solo había visto en fotografías. Sin embargo, aquel momento no resolvió las dificultades.
“Cuando lo veo hacia atrás, pienso que fue una ilusión tan sencilla y humilde, pero lo que vino después fue más complicado”, indica.

Su amor por los planos
Ya instalado en Estados Unidos, comenzó a acompañar a su padre en trabajos de construcción. Ese contacto con el oficio manual moldeó su carácter y despertó su vocación. “Siempre me encuentro armando algo”, cuenta. Su interés por la arquitectura nació al observar cómo se construían las casas.
Tenía alrededor de 11 años cuando empezó a dibujar fachadas con regla y lápiz sobre cualquier hoja disponible. “Ahí me pregunté: ‘¿Qué hace un arquitecto?’”.
Desde entonces no abandonó esa idea. A los 14 años obtuvo una beca completa para estudiar en una preparatoria privada.

Más tarde consiguió otra beca integral para cursar Arquitectura en el California College of the Arts, apoyo que cubrió matrícula, vivienda y gastos. Aun así, hubo momentos en que pensó abandonar los estudios para trabajar de tiempo completo junto a su padre.
La respuesta familiar siempre fue la misma: seguir adelante. “No hay imposibles”, repetía su padre entre herramientas y largas jornadas laborales.
“La única manera en que he llegado donde estoy es a través de las fracturas del sistema”, reflexiona. “No hay un camino de punto A a punto Z. Hay que buscar otra entrada, dar más pasos y volver a intentarlo”.
En mayo de 2024 se graduó de licenciatura. Apenas unos meses después ingresó a Harvard para cursar la maestría en Arquitectura. También había sido aceptado en Columbia, Cornell y la Universidad de Pensilvania, pero eligió Harvard.
Durante su estancia no solo estudió, sino que también participó en la enseñanza en el programa de arquitectura de licenciatura. Su trabajo académico se ha enfocado en la participación comunitaria, la resiliencia cultural, el urbanismo y comunidades históricamente marginadas
Además, investiga sobre los sistemas ancestrales de agua, las prácticas indígenas y los modelos sostenibles de diseño urbano.
Incluso al pensar en arquitectura, Mérida está presente. Las inundaciones recientes, el exceso de concreto y los desafíos urbanos del Sureste forman parte de sus reflexiones. “No podemos hablar del clima sin hablar de cómo hemos construido”.
Entre trabajo y estudio
Este verano iniciará un “fellowship” de investigación con Gensler, una de las firmas de arquitectura más importantes del mundo, para el que fueron seleccionadas solo 12 personas. Posteriormente regresará a Harvard para cursar una segunda maestría, esta vez en Arquitectura del Paisaje, con beca completa y asistencia de investigación remunerada.
Paralelamente ha comenzado a desarrollar una práctica de diseño junto a su esposa, con quien comparte el interés por la participación comunitaria, la resiliencia cultural y el diseño social. Su objetivo es crecer profesionalmente sin desvincularse de la familia y construir proyectos desde una visión colectiva.

A pesar de los años lejos de Yucatán, Arturo mantiene un fuerte sentido de pertenencia. Con frecuencia recorre Mérida a través de Google Maps. “Siempre me bajo a ver las calles. Voy recorriendo la María Luisa, la Salvador Alvarado Sur… y veo que ahí está mi casa”. También conserva las historias y conversaciones familiares. “La mesa familiar siempre ha sido un espacio donde lloramos, platicamos y soñamos”, reconoce.
La distancia tampoco significó una ruptura cultural. Desde los ocho años practica danza folclórica mexicana y participó durante años en agrupaciones culturales de San Francisco, donde incluso coordinó el desfile del Carnaval. “Si no hubiéramos hecho eso, la vida habría sido muy deprimente. Eso nos daba energía, nos hacía comunidad”. Su familia colaboraba además en la elaboración de vestuarios, escenografías y otros elementos tradicionales.
“Somos una familia creativa”, afirma. Por eso insiste en que no llegó solo. “Antes de entrar yo a un espacio, entran mis papás, mi hermano, mi comunidad y el lugar de donde soy”. Considera que este logro también pertenece al sur de Mérida, a la colonia María Luisa, a las familias trabajadoras y a quienes crecieron lejos del privilegio. “Quiero que sepan que sí estamos presentes en estos espacios. Aquí hay un yucateco que les representa”.

Cuando era niño y observaba los aviones esperando el regreso de su padre, también soñaba con tener un hermano. Ese deseo se cumplió años después con el nacimiento de José Martín Gómez Escobedo, hoy de 17 años y apasionado de la música. Aunque nació en Estados Unidos, ha visitado Mérida en dos ocasiones, viajes que Arturo ayudó a hacer posibles para mantener viva la conexión con sus raíces. “Siempre he querido ser un ejemplo para él, que vea que él también puede”.
La dinámica familiar estuvo marcada por el esfuerzo compartido. Mientras su padre trabajaba largas jornadas en la construcción para sostener el hogar, su madre se dedicó al cuidado de sus hijos. “Mi mamá siempre estuvo ahí: recogernos en la escuela, cuidarnos y darnos amor. El amor de ella nunca hizo falta”.
Tal vez por eso, aunque aún no ha podido regresar, siente que una parte de él nunca dejó Yucatán. Ha vuelto a través de las historias familiares, de las calles que recorre en Google Maps, de la danza folclórica y de los ojos de su hermano, que ha caminado por los lugares que él sigue soñando volver a pisar. “Algún día volveremos”, dice. Y al pensarlo, regresa inevitablemente a la imagen del niño del sur de Mérida que miraba al cielo preguntándose si alguno de aquellos aviones traía de vuelta a su papá.

La relación de Arturo con Diario de Yucatán tiene también un significado especial. Entre sus recuerdos familiares está la figura de su tío, Alex Escobedo, quien trabajó durante años como repartidor del periódico hasta perder la vida en un accidente. Crecer escuchando historias sobre el Diario y ver el esfuerzo de su familia alrededor de ese trabajo convirtió al medio en una presencia cercana.
“El Diario siempre estuvo en mi vida”, comparte. Por ello, al alcanzar este momento tan significativo quiso compartir su historia con un medio que forma parte de sus recuerdos familiares.

