Hay libros que no se leen; se habitan, se respiran y, eventualmente, se sueñan. Entrar en las páginas de “Noche, noche, noche” (Hachette, 2026), la galardonada novela de la escritora colombiana Diana Obando, es entregarse a un viaje místico y magnético de menos de doscientas páginas que disuelve las fronteras entre el cuerpo, la botánica sagrada y la geografía herida del páramo, ofreciéndonos un espacio donde el tiempo no es una línea recta, sino una espiral que muerde su propia cola.
Para conversar sobre este universo herbal y ancestral, nos sentamos a platicar con Diana en una charla desprovista de las rigideces de la entrevista tradicional de pregunta-respuesta; un diálogo donde la palabra viva fluyó con la misma ligereza y densidad con la que la niebla corona las cumbres andinas, esto gracias a la tecnología de una videoconferencia por Zoom.
Arrancamos nuestra conversación maravilladas por el umbral del libro: un epígrafe bellísimo que evoca la creación del universo concebido como un huevo. Al indagar sobre cómo la cosmología kogi modeló la estructura narrativa, Diana comparte que se trata de una versión libre de un mito recogido por el antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff en los años sesenta, en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Esos fragmentos e historias orales no están solo de forma textual, sino materialmente incrustados en las ensoñaciones de los personajes. Para Diana, esta visión fue el pilar para diseñar el espacio habitado por Tomás y Sara. “Desde esa perspectiva, y compartida por otras cosmologías en el mundo, habitamos una suerte de sándwich, flotando en la mitad de dos mundos que ascienden y otros que se hunden subterráneamente”, explica con un gesto ilustrativo. Sus personajes viajan a través de esos sustratos de la existencia al ensoñar con plantas.
Con una sonrisa, confiesa que los nueve estantes de la mitología kogi los asoció, por cosecha propia, a los estados de la materia: desde la más densa hasta la más sutil.
En los mundos de abajo habitan las memorias crudas de los ancestros, de los cuerpos materiales que nos precedieron, llevándonos de regreso al punto exacto en el que la humanidad era, literalmente, liquen. Hacia arriba yacen las memorias sutiles, aquellas a las que los personajes apenas logran asomarse, atrapados como están en el laberinto de lo subterráneo.
Esa inmersión en lo primitivo nos guió inevitablemente hacia el sai, esa entidad que acecha como una sombra o una constante amenaza en el aislamiento de Sara. Entre risas, Diana advierte que va a soltar un spoiler imprescindible. “Físicamente, el sai representa al liquen. Es la primera gente que sale del mar”, dice con fascinación botánica, “esas asociaciones holobiontes de cianobacterias, algas y hongos que poblaron la corteza terrestre, devorándola en sus estómagos expuestos para deshacerla y hacer tierra, permitiendo que hoy estemos aquí”.
El sai, que significa “noche” en lengua kaggaba, se presenta entonces como esa oscura conciencia; una memoria primitiva previa a cualquier destello de razón, algo atemorizante que al final del día es el liquen tragándose la corteza terrestre para gestar vida.
El motor de este viaje onírico es una combinación fortuita y brillante de plantas: el borrachero y la humilde uña de gato. Al preguntarle por el origen de esta fórmula, Diana revela un trasfondo íntimo y fascinante. Lleva casi veinte años dedicada a la onironáutica, la navegación consciente de los sueños, y en su búsqueda se acercó a la Brugmansia sanguínea, un borrachero de flores encendidas casi rojas.
En ese proceso estuvo acompañada por un mayor muisca, quien le enseñó que la receta exacta y propicia para llevar esta planta sagrada al cuerpo se había perdido en el tiempo, a diferencia de lo que ocurre con la ayahuasca. “Siempre me pregunté qué pasaría si alguien reencuentra esa receta originaria por accidente”, confiesa con los ojos iluminados. En la novela, decidió combinar el borrachero con la planta más humilde y cotidiana del páramo colombiano: la uña de gato, usada tradicionalmente para sanar golpes.
El escenario donde esto ocurre no es un simple telón de fondo. Para Diana, el páramo es un agente vivo, un inmenso cuerpo orgánico que reacciona, pulsa y dialoga con los protagonistas a medida que ellos descienden y ascienden por sus capas. Un ecosistema que, además, forma parte indisoluble de su propia historia personal.
Esta devoción por la botánica impregna el libro de una presencia material ineludible, algo que se anticipa hermosamente desde el diseño herbario de su portada.
Como herbalista, Obando tejió un estudio riguroso de la flora medicinal y comestible del páramo para entrelazarla con el destino de sus personajes. Es así como tocamos el tema de Tomás, un hombre mayor cuya resistencia a lo inexplicable lo empuja a intelectualizarlo todo, construyendo lo que Sara llama “vasijas de pensamiento” para intentar aprisionar el misterio infinito en definiciones rígidas. Curiosamente, es él quien intenta domesticar tercamente una semilla extranjera en una tierra que no le pertenece.
Sara, en cambio, desprovista de defensas intelectuales por su juventud e ingenuidad, permite que los sueños la atraviesen por completo. Sin embargo, ese abandono total la arrastra hacia episodios de despersonalización extrema, donde las fronteras de su identidad se difuminan hasta no distinguir el calor de su cuerpo del frío de la atmósfera.
Para no volverse loca, Sara se ve obligada a ser rigurosa, a “recoger su pensamiento” para juntar sus fragmentos y navegar sin disolverse en la inmensidad del sueño. En este denso entramado surge Vladimir, un contrapeso entrañable inspirado en un amigo de la infancia de Diana en la finca de su abuela. A través de él, la autora ancla la narrativa a las realidades materiales y las tensiones de clase: mientras Vladimir pertenece a una familia campesina humilde apremiada por el sustento diario, Tomás y Sara operan desde un espacio de privilegio que les permite el lujo de la disolución espiritual.
Hacia el desenlace, la novela evoca un sutil aroma a extinción. Al preguntarle si “Noche, noche, noche” es un presagio del fin de nuestra era, Diana sonríe y nos ofrece una perspectiva profundamente aliviadora y cíclica. “No concibo el fin del mundo como un vacío absoluto, sino como parte de un ciclo eterno. Ha habido muchos fines del mundo, y el nuestro es solo uno más, insignificante en la escala cósmica”. Por ello, el cierre de la novela adopta la forma de una espiral. Los personajes continúan ensoñando, habitando la ambigüedad de ser la última gente y, al mismo tiempo, la primera en presenciar una nueva forma de habitar la Tierra.
Al preguntarle por la respuesta que ha tenido su novela entre los lectores, explica que ver nacer el libro en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá significó para ella un desprendimiento liberador. “Sentí un alivio enorme, como el último pujo al terminar de parir”, confiesa risueña. “Es maravilloso llegar al punto donde la palabra ya no te pertenece, sino que pasa a manos de otros para que se enreden y sueñen con ella”.
La respuesta de los lectores ha sido mágica. Diana recuerda con especial ternura a un club de lectura de la librería Matorral, en Bogotá. Tras escucharla comentar que los paisajes de la novela se inspiraron en Chicaque, un místico bosque de niebla andino donde creció su padre y donde ella vivió durante su niñez, una quincena de lectores tomó sus ejemplares y se marchó al bosque a leer los fragmentos de la obra bajo la bruma. “Un acto de comunión literaria sencillamente poético que nos hace desear poder replicar esa experiencia con cada libro que llega a nuestras manos”.— Renata Marrufo Montañez
De un vistazo
Palabra viva
La escritora colombiana Diana Obando dice que quienes se adentren en las páginas de “Noche, noche, noche” encontrarán un esfuerzo monumental por transformar la escritura en oralidad, devolviéndole la cualidad de la palabra viva. Encontrarán años de investigación, el pulso del cuerpo y una vasija de sueños que intenta, con una belleza sobrecogedora, comprender la hondura del sufrimiento humano. Una obra imprescindible y de una manufactura excelente que promete quedarse grabada en el inconsciente de los lectores mucho después de haber cerrado sus páginas, invitándolos a ser partícipes de un misticismo que transforma por completo nuestra manera de pisar la tierra
