Hay noches en las que la música se convierte en el mejor remedio para el alma, un bálsamo que borra de golpe las preocupaciones de la rutina y mitiga cualquier malestar físico. Así se sintió anteayer en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música, recinto que celebró su octavo aniversario con una velada inolvidable a cargo de la emblemática agrupación Lluvia con Sol.
Desde antes de que cayera la primera nota, la atmósfera ya anticipaba un lleno absoluto y una complicidad única. Cientos de personas se congregaron con un solo propósito: entregarse por completo al vaivén de los recuerdos y a la energía desbordante de un programa cuidado hasta el último detalle.
Bajo la dirección musical y el compás del bajo de Ricardo Gálvez Figueroa, la agrupación demostró su presencia escénica excepcional. Cada ejecución fue un viaje en el tiempo.
El repertorio desató suspiros nostálgicos y una irreprimible alegría al evocar los arreglos de las grandes eras de las big bands y la época de oro tropical, interpretando piezas inmortales de Ray Conniff, Glenn Miller y Luis Alcaraz.
La velada aumentó de temperatura cuando comenzaron a sonar ritmos caribeños y guapachosos. Canciones como “Champotón”, “Mambo Dolito”, “Macarena mambo”, “Las carretas”, “La santanera”, “La vaca vieja”, “El manicero” y el rítmico “Chachachá” convirtieron la sala en una auténtica fiesta.
La respuesta del público no se hizo esperar. La entrega fue total y desinhibida. Aquellos que empezaron a seguir el ritmo sutilmente sentados en sus butacas, pronto se vieron rebasados por la cadencia de los metales y las percusiones; la gente terminó bailando parada en sus propios lugares.
El entusiasmo fue tal que la sala se desbordó: los pasillos laterales se convirtieron en pistas de baile improvisadas donde parejas y grupos de amigos se movían contagiados por la deslumbrante descarga de sabor.
Rostros sonrientes iluminados por la luz del escenario, manos en alto aplaudiendo al unísono y una marea de luces de teléfonos celulares crearon una postal de comunión entre artistas y espectadores.
Gran parte de esta magia recayó en la línea vocal liderada por la voz principal de Rubén Ariel Gamboa Castilla, cobijado por las voces invitadas de Joaquín Rafael Rabanales y Adrián Chi.
El ensamble se lució con una base rítmica demoledora y elegante: Juan Manuel Rodríguez Villanueva en los ritmos, tumbadoras y percusiones, y Ubaldo Alcocer Marrufo dictando la pauta desde la batería. Mención aparte merece la intervención de Edelmiro Puc Yam (de los entrañables Socios del Ritmo), quien en el saxofón y los arreglos sustituyó a José Cabrera España, inyectándole un brillo dorado a cada melodía. Todo esto, respaldado por la sólida armonía en los teclados de Andrés Cauich Barbudo, quien además funge como representante del grupo.
Hacia el final de la jornada, la entrega del público era tal que se negaba a dejar ir a los músicos. Los aplausos y el grito de “¡otra, otra!” obligaron al grupo a jugar su última y mejor carta para poder despedirse del escenario: un popurrí de rock de los años 60 y 70. Cuando sonaron los acordes de “El rock de la cárcel” y la clásica “Chica Ye-Ye”, la sala entera terminó de estallar en una catarsis de baile y juventud recuperada.
Al encenderse las luces de la sala, los rostros reflejaban un cansancio pleno, de ese que solo provoca el baile desmedido y la felicidad pura.
Lluvia con Sol —que celebró 50 años como agrupación musical, motivo por el cual la directora general del recinto Adele Urbán Flores les entregó un reconocimiento y agradeció que celebraran media centuria en el marco de los festejos del Palacio de la Música—, no solo ofreció un concierto memorable sino que también regaló una noche de medicina musical que nos recordó que cuando el ritmo es auténtico el cuerpo sana y el corazón baila.— Renata Marrufo Montañez
