“EL QUE NO TOMA SU CRUZ Y ME SIGUE”
San Mateo señala la ruptura con la familia con la condición del seguimiento de Jesús. En el ambiente cultural en que vive Jesús, la obediencia del hijo al papá y de la hija a la mamá eran la base de la organización familiar; por lo tanto, la exigencia de Jesús subvierte estas estructuras sociales invitando incluso a que las bases familiares se reestructuren “desde” su enseñanza.
Ahora bien, ¿quién es digno de Jesús? Por tres veces acaba con este estribillo las primeras sentencias de Jesús. Pregunta desconcertante. Digno de Jesús es el que se pone en actitud de discípulo. Discípulo que sabe renunciar, que sabe asumir su condición humana, sus contradicciones, pero que ve en Jesús el tesoro por el que vende todo. Sentencias cortas, de sabor sapiencial, para pensar despacio. Jesús da la vida, pero de forma distinta a como esperamos. Las expectativas que propone Jesús y su Reino no coinciden con las expectativas de una sociedad del bienestar que ha hecho de la “calidad de vida” el nuevo ídolo al que venerar. Digno de Jesús no es, por tanto, el que hace “su vida” al margen del Reino; digno de Jesús es el que descubre el tesoro que supone su mensaje y se pone en camino como discípulo.
Como Jesús mismo
La fuerza del discípulo que lleva el mensaje de Jesús llega a ser de tal valor que es como si Jesús mismo en persona llevara el mensaje.
Sin embargo, también está la figura de acoger, de recibir, como una delicada acción del compromiso del amor. Por eso san Pablo escribió: “Acoger a los peregrinos, a los extranjeros, es un acto recíproco —’los unos a los otros’—, es un intercambio de valores, es un enriquecimiento mutuo”.
