“A veces ganar se parece mucho a cerrar el libro a la mitad y decir: ‘Gracias por dejarme claro lo que no quiero’”
“A veces ganar se parece mucho a cerrar el libro a la mitad y decir: ‘Gracias por dejarme claro lo que no quiero’”

Me encuentro sentada dentro de una pequeña taberna en medio de la nada en la región de Occitanie.

El frío me paraliza mientras busco en el menú algo que me haga entrar en calor pero ni a medias encuentro algo conocido, mucho menos si mis habilidades con el francés no son las mejores.

Me decido por una sopa ya por descarte y me presentan un platillo de apariencia desagradable y de sabor aún más. Mi primera idea es comérmelo, viene a mi mente lo que por generaciones hemos aprendido: “Ya lo pagaste, ahora cómetelo”. Pero si en lugar de esto cambiáramos el plan y nos cuestionáramos: “Me está costando y ¿además me lo tengo que comer?”.

Es entonces cuando un soplo de libertad nos acaricia detrás de la oreja: somos los únicos dueños de nuestras decisiones y de las consecuencias que de ellas deriven.

Una trampa

Pero la mente nos suele jugar malas pasadas con algo que en psicología se conoce como la falacia del costo hundido. Este es un sesgo cognitivo que nos impulsa a seguir dedicando tiempo, dinero o esfuerzo en un proyecto y objetivo simplemente porque ya hemos invertido mucho antes en él, incluso cuando las expectativas futuras son negativas.

La falacia del costo hundido es esa trampa elegante que te hace pagar dos veces por el mismo error. Primero con tiempo, dinero, ilusión.

Luego con esperanza, más paciencia, más esfuerzo, solo para demostrarte que la primera vez valió la pena.

Es quedarte en la película mala porque ya se apagaron las luces.

Es seguir empujando una puerta que no cede porque ya te duelen las manos.

Es mirar el mapa, saber que te desviaste hace kilómetros, y aún así acelerar.

Tu mente negocia contigo: —Si te vas ahora, todo lo anterior fue en vano.

Mentira. Lo anterior ya se fue. Cayó al fondo del mar sin salvavidas. No regresa aunque te quedes a vigilarlo toda la noche.

Lo único que sí regresa, o se pierde para siempre, es lo que hagas a partir de este segundo.

No se trata de sangrar en cuotas pequeñas hasta que un día te des cuenta que se te fue el tiempo justificando lo que nunca funcionó.

No le debes lealtad a lo que ya no te elige.

No le debes años a un camino solo porque fue el primero que tomaste.

A veces ganar se parece mucho a cerrar el libro a la mitad y decir: “Gracias por dejarme claro lo que no quiero. No siempre hay final feliz, solo lección. Me llevo lo que soy y lo que aprendí”.

Pasa la página. Paga solo una vez. lo demás no es inversión, es condena.

Suelta la sopa. Suelta la puerta. Suelta el mapa, y abraza lo realmente importante: la coherencia y valentía de tus acciones en los tiempos de tormenta.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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