¿Qué tienen en común J. Robert Oppenheimer y Ulises? A primera vista, muy poco. Uno fue el brillante físico que dirigió el Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial; el otro, el héroe más ingenioso de la mitología griega, capaz de poner fin a diez años de guerra gracias al célebre Caballo de Troya.

Sin embargo, Christopher Nolan ha encontrado entre ambos un vínculo inesperado: el remordimiento de quienes descubren que su mayor logro intelectual también fue el origen de una inmensa tragedia.

En “Oppenheimer” (2023), Nolan evita presentar al científico únicamente como el creador de la bomba atómica. Lo retrata, sobre todo, como un hombre obligado a convivir con las consecuencias de su obra.

La célebre escena de la celebración en Los Álamos es reveladora. Mientras sus colegas festejan el final de la guerra, Oppenheimer imagina cuerpos calcinados entre la multitud y escucha el eco ensordecedor de una explosión que solo existe en su conciencia. El triunfo científico ha dejado de ser una victoria para convertirse en una carga moral.

Tres años después, Nolan regresa al mismo tema con “La Odisea”. Esta vez el protagonista no es un físico, sino el héroe de Homero. Sin embargo, la pregunta es la misma. El Caballo de Troya, tradicionalmente celebrado como el símbolo supremo de la astucia militar, aparece bajo una nueva luz. Más que una genial estrategia, es la idea que abrió las puertas al saqueo, al incendio de la ciudad y a la muerte de miles de personas.

Ulises regresa a Ítaca perseguido por monstruos y tempestades, y también por el recuerdo de aquello que su ingenio hizo posible.

No sabemos si el Ulises de Homero experimentó ese remordimiento. En el poema, la caída de Troya pertenece al pasado y el héroe rara vez reflexiona sobre ella.

Nolan, en cambio, reinterpreta el mito desde una sensibilidad contemporánea. Su Ulises recuerda a “Oppenheimer” porque ambos comprenden tarde que una idea brillante puede escapar del control de quien la concibió.

Este paralelismo revela una constante en la filmografía del director británico. Nolan no parece interesado únicamente en personajes extraordinarios, sino en las consecuencias éticas de su inteligencia. Sus protagonistas destacan por resolver problemas imposibles, pero el verdadero conflicto comienza cuando descubren que el éxito tiene un precio que no habían previsto.

En ese sentido, el Caballo de Troya es para Ulises lo que la bomba atómica fue para Oppenheimer: la obra que inmortalizó su nombre y, al mismo tiempo, la fuente de su culpa. Ambos cambiaron la historia gracias a una idea; ambos comprendieron después que el ingenio puede ser tan devastador como la fuerza.

Quizá esa sea la pregunta que une estas dos películas. No si sus protagonistas fueron héroes o villanos, sino si es posible celebrar una gran creación cuando se conocen todas sus consecuencias. Para Christopher Nolan, la verdadera tragedia no nace de la maldad, sino del talento. Y acaso por ello sus personajes más memorables no son quienes fracasan, sino quienes deben aprender a vivir con el peso de su propia genialidad.

Investigador del Cephcis de la UNAM.

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