En Yucatán, hablar del nacimiento también es hablar de memoria. Hace muchos años las parteras mayas ya acompañaban a las mujeres durante el embarazo, el parto y los primeros días de la lactancia. Su labor no terminaba al escuchar el primer llanto: continuaba en la casa, junto a una madre cansada, con dudas, dolor o temor de no producir suficiente leche. Allí, donde muchas lactancias se fortalecen o se abandonan, la partera ha sido guía, cuidadora y, con frecuencia, la persona más cercana para pedir ayuda.
La lactancia suele describirse como algo natural, pero natural no quiere decir automático ni sencillo. En esta Semana Mundial de la Lactancia Materna resulta importante recordar que amamantar se aprende.
Una madre puede necesitar ayuda para colocar al bebé, reconocer un buen agarre, aliviar el dolor, entender por qué el recién nacido pide pecho tantas veces o distinguir entre una dificultad habitual y una señal de alarma. También necesita descanso, alimentación y acompañamiento.
Una investigación reciente realizada en Yucatán exploró las experiencias de parteras tradicionales en la promoción de la lactancia. Las participantes reconocieron la leche materna como el primer alimento del bebé y la relacionaron con crecimiento, protección frente a enfermedades y vínculo afectivo.
También describieron su participación inmediatamente después del nacimiento y durante el puerperio, cuando orientan a las madres para iniciar y continuar la alimentación al pecho. La mayoría hablaba o comprendía maya, y muchas habían aprendido la partería de madres, abuelas u otras mujeres de su comunidad.
Ese conocimiento transmitido entre generaciones tiene un enorme valor social. Sin embargo, la propia investigación mostró algo indispensable: no todas las recomendaciones tradicionales coinciden con la evidencia actual.
Reconocerlo no disminuye la dignidad de las parteras; demuestra por qué deben recibir información actualizada, respetuosa y adaptada a su realidad.
Durante los primeros seis meses, lactancia exclusiva significa que el bebé recibe leche materna sin agua, tés, jugos ni otros alimentos, salvo medicamentos o suplementos indicados por médicos. Después comienzan los alimentos complementarios, pero la leche materna puede mantenerse, siempre que la madre y el niño lo deseen.
Los programas de capacitación para parteras han demostrado mejorar sus conocimientos, habilidades y actitudes sobre lactancia. Las madres atendidas por personal capacitado han reportado menos dificultades, mayor satisfacción con la orientación y períodos más largos de lactancia exclusiva. También puede disminuir el uso innecesario de sustitutos de leche durante la primera semana.
No obstante, capacitar no debe significar borrar la identidad de las parteras ni imponer información desde una posición de superioridad. La enseñanza funciona mejor cuando existe diálogo, práctica, respeto al idioma y reconocimiento de la experiencia acumulada.
El mejor modelo no es elegir entre la partera o el hospital. Es crear una red en la que cada integrante sepa qué puede resolver y cuándo debe pedir apoyo. Una partera preparada puede enseñar posiciones, acompañar la extracción manual, favorecer el contacto piel con piel, escuchar sin juzgar y detectar dificultades tempranas.
Al mismo tiempo, debe poder referir rápidamente si el bebé está demasiado dormido para alimentarse, moja pocos pañales, pierde peso en exceso, presenta coloración amarilla intensa, fiebre o dificultad respiratoria, o si la madre tiene fiebre, enrojecimiento importante del seno, dolor intenso, sangrado abundante, síntomas emocionales graves.
También debemos evitar convertir la lactancia en una prueba moral. La leche materna ofrece importantes beneficios, pero una mujer que no puede o decide no amamantar no es menos madre. El acompañamiento verdadero informa, ayuda y respeta. Su objetivo no es ordenar ni culpabilizar, sino permitir que cada familia tome decisiones seguras.
En ese trato humano, las parteras mayas tienen mucho que enseñarnos: permanecer cerca, mirar a la mujer completa y entender que alimentar a un bebé también implica cuidar a quien lo sostiene en brazos.
Yucatán tiene la oportunidad de proteger un patrimonio vivo y mejorar la salud materno-infantil. Para lograrlo, las parteras necesitan reconocimiento, capacitación periódica, materiales en lengua maya, comunicación directa con centros de salud y rutas de referencia que funcionen.
Los médicos y enfermeras, por nuestra parte, debemos aprender a colaborar sin desprecio y sin apropiarnos de saberes que pertenecen a las comunidades.
Cuando una partera ayuda a una madre a confiar en su cuerpo, corrige un agarre doloroso, identifica una alarma o acompaña una noche difícil, no solamente sostiene una lactancia. Sostiene una cadena de cuidado que ha pasado de una generación a otra. Honrarla no significa volver al pasado, sino permitir que la experiencia ancestral y la ciencia caminen juntas, con una misma meta: que ninguna madre se sienta sola y que cada niña y cada niño tenga un comienzo de vida más seguro, digno y amoroso.
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