Hay una habilidad que uno desarrolla después de vivir suficientes años en Yucatán. No aparece en ningún currículum, no se enseña en la escuela y probablemente Google Maps jamás podrá dominarla por completo: dar direcciones a la yucateca.
Porque en otras ciudades una dirección puede ser algo bastante sencillo: “Calle 42, número 315”. Aquí no. Aquí una dirección puede comenzar perfectamente así: “Te vas derecho hasta donde estaba la gasolinera…”. Y uno comete el error de preguntar: “¿Cuál gasolinera?”. “¡La que quitaron!”. Ah, perfecto. Ya vamos avanzando.
“De ahí sigues dos esquinas y doblas donde estaba la casa azul”. “¿Todavía es azul?”. “No, ahora es amarilla”. Naturalmente.
Pero lo verdaderamente maravilloso viene después. “Luego vas a ver una tiendita…”. “¿Cómo se llama?”. “No sé, pero era de un señor que le decían Chucho”. “¿Todavía está Chucho?”. “No, ya murió”. “¿Y la tienda?”. “Tampoco”.
En ese momento uno comienza a sospechar que no está buscando una dirección. Está participando en una investigación histórica.
Porque el yucateco no necesita que las cosas existan para utilizarlas como referencia. Ese es un detalle menor. Aquí podemos orientarnos perfectamente con un cine que cerró hace treinta años, una glorieta que ya no está, una farmacia que cambió de nombre cuatro veces o la casa de una señora que usted jamás conoció.
“Es por donde estaba el Jacinto Canek”. “¿El cine?”. “Sí”. “Pero ya no está”. “¡Por eso! Ahí mero”.
Y lo extraordinario es que todos entendemos.
Pregúntele a alguien de cierta edad dónde queda un lugar y probablemente aparecerán referencias que pertenecen a distintas épocas de Mérida. “Por el rumbo del Cine Fantasio”. “Después de donde estaba la Pepsi”. “Cerca del Monumento a la Patria”. “Por donde estaba aquella tienda…”. Y de alguna manera, llegamos.
Los jóvenes tienen GPS. Nosotros tenemos algo mucho más sofisticado: memoria colectiva con instrucciones de tránsito. Google necesita satélites. Nosotros necesitamos un tío que haya vivido en Mérida desde 1968. Y todavía existe una categoría superior: la dirección que termina con la frase más peligrosa de todas: “No tiene pierde”.
Cuando un yucateco le dice “no tiene pierde”, prepárese. Probablemente vienen diecisiete instrucciones, tres retornos, una calle que cambió de sentido y una referencia que dejó de existir hace varias administraciones municipales. Pero usted asienta con la cabeza, finge haber entendido todo y se va con la esperanza de que, en algún momento del camino, aparezca milagrosamente algo que le resulte familiar.
Y detrás de todo esto hay algo que me encanta. Nuestras ciudades no están hechas solamente de calles. También están hechas de recuerdos. Hay lugares que oficialmente desaparecieron hace décadas y, sin embargo, continúan perfectamente ubicados en la memoria de miles de personas. Tal vez por eso seguimos diciendo “donde estaba…”. Porque una ciudad también existe en la manera en que sus habitantes la recuerdan.
Cada generación tiene su propio mapa de Mérida. Un mapa que ningún teléfono puede mostrar. El de los cines que cerraron, las tiendas que desaparecieron, las casas que cambiaron, los negocios donde íbamos con nuestros padres, el restaurante de los domingos, la esquina donde esperábamos el camión o aquel lugar donde alguna vez nos enamoramos.
Quizá algún día nuestros nietos también digan: “Es por donde estaba…”, y mencionarán algún sitio que para ellos significó algo y que para la siguiente generación ya no existirá.
Porque las ciudades cambian. Las calles cambian. Los negocios cambian. Pero los recuerdos tienen una extraña costumbre: se niegan a actualizar el mapa.
Y si algún día quiere encontrar esos lugares, no se preocupe. Pregunte a un yucateco. No tiene pierde.
Nota histórica
La peculiar manera de orientarnos en Mérida tiene también raíces antiguas. Durante buena parte de su historia, muchas esquinas de la ciudad fueron conocidas por nombres populares, además de la nomenclatura formal. Nombres como El Elefante, El Venadito, La Monja o El Degollado quedaron ligados a determinados puntos de la ciudad y servían como referencias reconocibles para sus habitantes. Algunas esquinas llegaron a identificarse mediante figuras o símbolos.
Es decir, mucho antes de decir “donde estaba la gasolinera”, los meridanos ya acostumbrábamos orientarnos mediante referencias compartidas.
Tal vez por eso nos cuesta tanto dejar de nombrar los lugares que desaparecen. Porque cuando decimos “donde estaba…”, no estamos hablando solamente de una esquina. A veces estamos recordando una Mérida que ya no existe: la de nuestros padres, la de nuestros abuelos, la de los cines de nuestra juventud, la de las tiendas a las que íbamos de niños y la de tantas personas que alguna vez caminaron esas mismas calles con nosotros.
Quizá por eso seguimos dando direcciones con lugares que ya no están.
Porque hay sitios que desaparecen de la ciudad, pero nunca terminan de irse de nosotros.
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