El amor no debería significar tener que renunciar a tu propia seguridad financiera —Suze Orman
¿Cuántas mujeres conoces que trabajaron toda su vida en pareja y terminaron sin nada a su nombre?
Pasa sin darnos cuenta y es un fenómeno muy real, estudiado por la economía feminista. No tiene un solo nombre, pero en sociología y finanzas se le conoce como acumulación patrimonial desigual por género, brecha de capitalización o trampa del gasto corriente.
Ambos trabajan y acuerdan dividir todo a la mitad, por ser lo justo. Ella suele cubrir la despensa, la escuela, la ropa, las consultas, los detalles familiares, las salidas. Él, la hipoteca. Cierran el año habiendo aportado la misma cantidad, pero si el lazo termina, él conserva un bien que incrementó su valor y ella, comprobantes de gastos que ya no existen.
No se trata de mala administración. A nosotras se nos formó para ser cuidadoras, para garantizar que en casa no falte nada, que todos estén bien, que todo funcione. Ese trabajo sostiene la vida diaria de la familia, permite que el otro pueda trabajar, ascender, invertir.
Hoy se habla más de su valor, se agradece, pero aún no se reconoce como lo que es: trabajo que genera patrimonio para otros, no para quien lo hace. Cuidar no capitaliza y por eso la cuenta nunca cuadra.
Y no termina en la pareja. Cuando los padres envejecen y necesitan cuidados, aunque haya varios hijos, ese papel también se le otorga por default a la hija, como si el cuidado fuera una extensión natural de ser nosotras y no una responsabilidad compartida.
Estamos presenciando un cambio en los roles y tenemos que abrirnos a que la participación sea realmente de ambos, tanto en el sustento como en las labores del hogar. Que no sea mal visto que quien en ese momento genere más ingresos sea quien salga a trabajar fuera, y que el otro permanezca haciéndose cargo del día a día sin que eso se lea como fracaso o flojera, sino como un acuerdo de equipo.
Además, todas las relaciones tienen temporadas de “vacas flacas” y es natural que a veces uno sostenga más que el otro. El desequilibrio de un mes no es el problema, sino lo que pasa cuando ese patrón se repite durante años y se convierte en patrimonio para uno y en gasto perdido para el otro. Lo ideal sería construir hasta el final aquello que iniciamos juntos, pero hoy parece una utopía.
Lo más cercano a lo equitativo es dejar el 50/50 y organizarse distinto, en tres fondos: uno compartido para el día a día, donde cada quien aporta según lo que gana; otro para el patrimonio, donde cuidar y sostener la casa también cuente como aportación, y uno personal, solo tuyo, intocable, para tu propia seguridad.
Tampoco hay que olvidar que, nos guste o no, uno es tan independiente como su economía se lo permite y, en cualquier caso, la responsabilidad de velar por ella es nuestra.
Al final, se trata de responsabilidad afectiva. De entender que una relación no es un negocio donde cada quien ve cuánto pone y cuánto saca, sino un equipo que busca lo justo. Se vale hablar de acuerdos y de hacer compromisos que queden por escrito y no palabras que se lleve el viento. Porque amar también es cuidar que el otro no quede a la deriva, no obligarlo a terminar persiguiendo por la vía legal lo que moralmente le corresponde.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
