El investigador Enrique Martín Briceño relata el origen de la vaquería
El investigador Enrique Martín Briceño relata el origen de la vaquería

La vaquería que hoy se reconoce como una de las expresiones más representativas de las fiestas patronales de Yucatán no siempre ha sido como se le representa en la actualidad. Su origen y transformación a través de los siglos fueron abordados ayer por el investigador Enrique Martín Briceño, durante una conferencia en el Centro Cultural Olimpo.

Ante buen número de asistentes vinculados con la jarana, entre bailarines, coreógrafos y estudiantes de danza, Martín Briceño hizo un repaso por la historia de esta tradición.

La charla permitió analizar la práctica desde una perspectiva histórica, más allá de su actual expresión artística, con el propósito de explicar cómo fue cambiando a través del tiempo.

Martín Briceño comenzó por definir lo que actualmente se entiende como vaquería en la península de Yucatán. “Es la ocasión musical y coreográfica con que dan comienzo las fiestas patronales, en los alrededores de los palacios municipales o comisarías, sea una calle, patio o cancha contigua, donde participan bailadores del mismo municipio o alrededor, ataviados con el traje de gala de mestizos yucatecos y bailan la jarana, musicalmente distinguida por su forma de rondó y su presentación en dos variantes métricas, el tres cuartos y el seis octavos”, explicó.

Describió la integración de la orquesta jaranera, por costumbre conformada por saxofones alto y tenor, clarinetes, trompetas, trombón y timbales. En la actualidad, agregó, algunas agrupaciones incorporan piano, bajo eléctrico y hasta cantantes.

Las descripciones de Gerónimo Baqueiro Fóster y Renán Irigoyen, realizadas a mediados del siglo pasado, contribuyeron a establecer la idea de que estas fiestas estaban relacionadas con las celebraciones que se realizaban en las antiguas haciendas al marcar el ganado. Sin embargo, Martín Briceño dijo que la historia de la vaquería es más compleja.

Las primeras referencias a estas celebraciones se remontan a las décadas de 1830 y 1840, cuando todavía eran parte de festejos indígenas.

A mediados del siglo XIX, autores como Barbachano y Stephens ya describían estas celebraciones como funciones, representaciones o incluso “un baile de fantasía”. Al inicio de la Guerra de Castas se produjo una apropiación de estas prácticas por parte de “los blancos”.

En las referencias de la época aparecen menciones a mestizos, aunque el término también se relacionaba con la vestimenta y el estatus.

“Sí existía una categorización biológica o por el fenotipo en la época, pero la vestimenta también tenía que ver, así como el estatus social. La frontera racial era muy difusa, no solo dependía de tu color de piel”.

La incorporación de verdaderos mestizos a estas fiestas ocurrió hacia el final de la Guerra de Castas, cuando se buscaba atraer a estas personas hacia una identidad colonial más que hacia la maya.

Martín Briceño describió el protocolo de aquellas primeras vaquerías, que se desarrollaban durante dos jornadas.

La primera comenzaba con el traslado de las mestizas al lugar de la celebración, seguido de una misa, un baile nocturno, una representación pastoril y la siembra de una ceiba.

Durante la segunda jornada se realizaba otra misa y posteriormente carreras de caballos y concursos de lazo protagonizados por los vaqueros. También se preparaba y repartía pozole y, finalmente, se efectuaba un baile diurno.

La vestimenta descrita como mestiza era diferente a la que se conoce actualmente. Las mujeres utilizaban un vestido amplio de color blanco, con bordados rojos en los ruedos y el cuello, sombrero negro, trenzas, cadenas, brazaletes y aretes de oro.

En el caso de los hombres existen varias descripciones. La seleccionada por Martín Briceño corresponde a un hombre con camisa y pantalones de muselina, una tela de tejido amplio y ligero, con un patrón de rayas; sombrero pequeño de paja y ribetes de hilo de oro. Se trataba de los llamados trajes de gala, utilizados únicamente en ocasiones especiales.

Las celebraciones se realizaban en un espacio conocido como enramada, una estructura semejante a las que actualmente se observan en los municipios donde se llevan al cabo corridas de toros, elaborada con troncos, madera y palma de huano.

En ese mismo espacio se representaba una farsa, una puesta en escena de origen maya que imitaba, de manera satírica, la organización de una hacienda ganadera yucateca.

En ella se representaban los castigos impuestos por los amos, mujeres que se quejaban de sus esposos e interacciones con el público. Los actores incluso golpeaban a algunos asistentes, como parte de la representación de los tratos que se daban en las haciendas.

A las representaciones se sumaban cantos, muchos de ellos pícaros y con palabras altisonantes, algo que actualmente resultaría inaceptable en estos eventos.

Para mostrar cómo eran percibidas estas celebraciones en aquella época, Martín Briceño presentó un fragmento del periódico “El Fénix”, de Campeche, fechado el 10 de septiembre de 1851.

“Era una curiosidad de mal gusto limitada a ciertos pueblos del interior. Hoy estas elegancias vienen a invadir las ciudades que siempre se han preciado cultas”, señalaba el texto.

Para el historiador, este tipo de referencias muestra cómo estas festividades fueron incorporándose poco a poco a poblaciones alejadas de los núcleos indígenas y adquiriendo una aceptación distinta.

Otro fragmento periodístico señalaba sobre el origen de estas celebraciones:

“La vaquería es una imitación de las costumbres de los indios, y ya que no hemos podido imponerles las nuestras, recibimos las suyas”.

El texto fue publicado en plena Guerra de Castas.

Posteriormente la celebración adquirió una dimensión política.

El historiador relacionó este proceso con la llegada de Maximiliano al país en 1864, cuando se realizaron festejos en distintos puntos del territorio nacional.

La vaquería también tuvo una dimensión religiosa que, de acuerdo con Martín Briceño, incluso tiene antecedentes mayas relacionados con Juan Tuul, conocido como el señor del ganado.

En la actualidad, una de sus funciones principales sigue siendo religiosa, como una promesa al santo patrono. Por ello, los jaraneros suelen acudir primero al templo católico antes de presentarse a bailar.

Pero la tradición también adquirió una dimensión política, pues las jaranas comenzaron a formar parte de actos como tomas de protesta y celebraciones relacionadas con cambios de gobierno.

La vaquería es reconocida como patrimonio cultural intangible de Yucatán desde 2024, mientras que la jarana recibió ese reconocimiento en 2016.

Su presencia, destacó Martín Briceño, se extiende por los tres estados de la Península. “Tiene una gran vitalidad en la región, en la Península no hay un pueblo que no festeje una vaquería al año como mínimo, además los compositores de jarana siguen creando y arreglando temas”, señaló.

El historiador concluyó que el carácter de estas celebraciones se transformó con el paso del tiempo.

“Gracias a las risas, las representaciones de la vida ganadera y esta puesta en escena es que terminada la Guerra de Castas se pudieron unir blancos, mestizos e indígenas en lo que ellos consideraban el orden ‘natural’ y el sentido lúdico de estas fiestas le ganó al sentido religioso y ahora incluso se ve como algo politizado”, concluyó.— Pablo May Pech

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