Víctor Maya caminaba por la calle 59 de la capital yucateca. Su aspecto no era común, llevaba con él algo que lo hacía diferente a cualquier meridano: un cilindro musical.
Organillero de oficio, caminaba hacia la Plaza Grande para deleitar con su música a los transeúntes y así obtener algo de dinero.
Llegó a Mérida hace unas semanas —un poco con el pretexto del Mérida Fest, dijo—, pero decidió quedarse en la ciudad un tiempo antes de partir a Chetumal.
Su cilindro, más conocido como organillo, lo llevaba cargado en la espalda y con él su mono “Abú” que consiguió en Tijuana, donde, dice de manera irónica, reside, pues en realidad nunca está en casa: apenas visita a su familia una o dos veces al año.
Víctor cuenta que nació en Ciudad de México, en una familia de organilleros, toca el instrumento desde los 14 años. Con el dinero que obtenía logró pagarse la escuela y hasta la carrera en Comunicación y Cultura.
Desde hace unos años —no especificó cuántos— vive en Tijuana, pero viaja por todo el país, de ciudad en ciudad, llevando la cultura de los organilleros, quienes siempre son bien recibidos y la gente es generosa con ellos hasta que dejan de ser una novedad.
Víctor, como todo buen organillero, llevaba su uniforme similar al de los “Dorados de Villa” en honor a la época de la Revolución, una de las épocas de mayor auge del organillo junto con la época de oro del cine mexicano.— Gabriel Chan U.
Después de una breve charla, Víctor siguió su camino para hacer sonar “Las mañanitas”, “Rancho grande”, “Las golondrinas” y demás música de su organillo.
Cultura y gremio
Víctor Maya relató que forma parte de la organización “Organilleros de México”, quienes buscan crear una asociación civil para darle un giro cultural al oficio, que precisamente se ha convertido en parte de la cultura citadina de la capital del país.
