Persisten deudas pendientes para erradicar la violencia contra las mujeres, desde aspectos como el no respetar el pronombre elegido hasta la violencia psicológica, sexual y económica, y la que se da en el ámbito comunitario, en el que se revictimiza a las mujeres.
Los movimientos feministas de los últimos años han hecho que se visibilicen las distintas violencias que viven las mujeres, algo importante para mostrar que no son solo unos cuantos casos, sino cientos o miles, y que al volverse un problema público deben atenderse mediante políticas públicas adecuadas.
Así lo considera la doctora Amada Rubio Herrera, investigadora del Cephcis de la UNAM.
Ella recuerda que la violencia por razones de género, como lo dice la ONU, es cualquier acción u omisión contra cualquier persona o grupo de personas motivada por su sexo, orientación sexual o identidad de género, cuya consecuencia sea un trato denigrante, discriminatorio, daño y sufrimiento.
También señala que hay distintos tipos de violencias. Para que un acto sea considerado de violencia de género se necesita que el motivo esté vinculado al sexo, género o identidad sexo-genérica de la persona en contra de quien se ejerce ese acto u esta omisión.
Como ejemplo de esas violencias citó cuando no se respeta el nombre o el pronombre elegido por una persona, como puede ser un transexual.
También cuando se usa el llamado masculino incluyente, que es una forma de violentar a las mujeres, en este caso a las que no se identifican con éste.
La doctora explica que es violencia simbólica porque se invisibiliza a la mujer, es algo muy común y cotidiano hablar en masculino generalizado.
Tipos de violencia contra las mujeres
La investigadora precisa que acorde a la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh), realizada en 2021 y dada a conocer en 2022 (es la más actual porque se realiza cada cinco años), en Yucatán se reporta que el 71.4% de las mujeres de 15 años y más experimentaron algún tipo de violencia.
Ésta pudo haber sido psicológica, física, sexual, económica o patrimonial.
De hecho, un 44.9% de estas mujeres reportó que sufrieron violencia en los últimos 12 meses.
Aunque la encuesta no lo especifica, se sabe que estas mujeres pueden haber experimentado distintos tipos de violencia que se cruzaron a lo largo de su vida.
Algo común, por ejemplo, es que una mujer que se divorciará o separará de la pareja experimenta en el trayecto distintos tipos de violencia psicológica, maltrato físico y violencia vicaria.
Esta última se refiere a cuando el hombre daña física o psicológicamente a los hijos que procreó con la mujer, ahora su expareja, con el propósito de dañarla a ella.
En Yucatán el porcentaje de mujeres que señalan haber vivido al menos un episodio de violencia en la vida es mayor que el porcentaje nacional, que es de 70.1%.
La entidad se encuentra entre los primeros estados de la República con mayores porcentajes de violencia.
Solo es superada por el Estado de México, Ciudad de México, Querétaro, Colima y Aguascalientes.
La doctora Rubio Herrera puntualiza que la violencia que comúnmente se reconoce es la psicológica y la sexual, que en lo general la experimentan las mujeres —niñas, adolescentes o adultas— en el ámbito de lo que se llama puertas adentro; es decir, en los hogares, en las familias, con la pareja.
Otra de las violencias usuales se ve cuando una mujer denuncia un caso de violencia y éste se da a conocer, y los comentarios van en el tenor de dónde estaba la mamá, qué hacía la afectada en el sitio, entre otros.
Por tanto, también en el ámbito comunitario se violenta y revictimiza a las mujeres.
La doctora manifiesta que hace 20 años no se reconocía la violencia como un problema público, sino como un problema privado, pero el feminismo ha colocado la violencia que experimentan las mujeres en razón de género como un problema público.
Esto ha permitido dimensionar la magnitud del problema, irrumpir en la escena pública y mostrar que no es un problema de las mujeres que viven en sus hogares, sino un problema público, pues no se trata de dos casos, sino de miles. Mostrarlo permite que se trabaje más en el área.
El tema tiene muchas aristas, ya que también se discrimina a las mujeres por el hecho de serlo, esto se nota en expresiones como “mira que mal maneja, seguro que es mujer” o “chismes de mujeres”.
“Todas estas ideas tienen explicación en un imaginario social que atribuye papeles diferenciados a los hombres y a las mujeres, entre los que está el ámbito privado y el ámbito familiar que le corresponde a las mujeres”.
Sobre las políticas públicas para erradicar la violencia por razones de género en mujeres y en adolescentes y niñas, comparte que en instituciones como la UNAM, en la página CIGU, que es de la coordinación para la igualdad de género, se aplica en el 2000 como una entidad de la Universidad para transversalizar la perspectiva de género en la institución.
De ahí realizar una serie de programas o iniciativas que tengan que ver con erradicar este lastre y flagelo de la violencia de género hacia las mujeres, las niñas o las adolescentes.
También cuentan en la UNAM con la figura de las personas orientadoras comunitarias, y es una de ellas, por lo que ante cualquier acto de violencia con el estudiantado la planta académica, de confianza o de base es atendida primero por esta figura, que es un canal de escucha activa y se encargan de canalizar el hecho a la defensoría de los derechos universitarios de la UNAM, que es la que se encarga de llevar el proceso.
La investigadora reitera que la violencia hacia las mujeres es un problema público que tiene expresiones en los distintos ámbitos donde las personas interactúan, como son los hogares, la comunidad, la universidad, la política.
En la tarea de erradicar esta violencia, destaca la necesidad de dar las condiciones para que haya liderazgos en las propias comunidades, en el interior del estado, a fin de que existan promotoras que sean el primer canal de escucha ante situaciones de violencia.
La investigadora resalta que la educación da herramientas para que las chicas, las niñas identifiquen cuándo lo que están experimentando es violencia, cuándo hay actos de discriminación o actos de omisión que las violenten o que las laceren.
En la mayoría de los municipios del interior del estado no hay acceso a la educación superior o es limitada, lo que pone a aquellas mujeres en desventaja.
La diferencia en la ciudad es, quizá, que hay más acceso a los espacios universitarios, a los centros educativos.
“Hay una deuda histórica con las mujeres y con las mujeres rurales en particular, con las mujeres indígenas, con las infancias, empezando por el derecho a la educación, porque con el acceso a la educación pueden tener herramientas que les ayuden a salir de los círculos de violencia”.


