Este miércoles 25 de febrero se difundió una serie de puntos que contendrá la iniciativa de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum y hasta ayer no se conocía la postura definitiva de los aliados de Morena, Partido Verde y Partido del Trabajo.
A reserva de abordar el contenido de la iniciativa, cuando se conozca a detalle, importa detenerse en el rechazo inicial de los aliados de Morena a la iniciativa presidencial, en particular a la necesaria reducción del excesivo financiamiento público a los partidos.
Verde y PT saben que sin sus votos, la reforma constitucional no será aprobada en el Congreso y están presionando al gobierno para adecuarla a sus intereses. Pero seguramente no ignoran que si su alianza con Morena se rompe, ambos partidos —que desempeñan un papel conocido como bisagra— tienen mucho que perder.
En general, los partidos bisagra son necesarios en una democracia, pero también pueden convertirse en freno para cambios radicales o semirradicales y, frecuentemente, detentan un poder decisorio que no se corresponde con su votación.
Esto último es lo que está ocurriendo en México con la 4T y los partidos Verde y PT, de cara a la reforma electoral impulsada por Sheinbaum.
En el caso del PVEM, sus líderes han aprovechado una suerte de popularidad vicaria para hacer crecer su partido a la sombra de la 4T y ahora usan ese crecimiento para ejercer presión chantajista sobre su aliado mayoritario, Morena.
En rigor, esa conducta de los partidos bisagra sería comprensible si sus propósitos fueran defender ciertos proyectos ligados a intereses legítimos (como parcialmente ocurre con el PT), pero su legitimidad se adelgaza o desvanece cuando el mayor interés es obtener ganancias crematísticas para sus líderes, como con el PVEM.
Con las necesarias excepciones, tales líderes utilizan sus siglas para concertar negocios redituables y no siempre legales.
El partido mayoritario ha sido excesivamente concesivo con el PVEM, el cual no parece admitir que lejos de Morena, su suerte sería otra. Ha olvidado que en 2018, aliado con el PRI, recibió individualmente apenas el 1.85% de los votos, pero en 2024, aliado con Morena, su votación fue de 7.78%, es decir se cuadruplicó. Sus votos pasaron de 1.05 a 4.67 millones de votos.
Ignoro si estos números le han sido recordados a los verdes por los morenistas, a la hora de las negociaciones que, según trascendió, se rompieron por la negativa de verdes y petistas a secundar partes de la reforma, sobre todo la disminución del financiamiento público a los partidos, que este 2026 están recibiendo más de 7 mil millones de pesos, sin incluir los otorgados por gobiernos estatales.
Desde mi perspectiva, una ruptura de Morena con un partido mercenario como el Verde sería positiva para la democracia, pero si no hay ruptura, los negociadores morenistas no deberían ceder al chantaje. Es alentadora en este contexto la declaración presidencial de que no tendría sentido una reforma descafeinada.
Negociación y bisagras. Por supuesto, una cosa es el chantaje de los partidos bisagra y otra la negociación sensata que es de esperarse ocurra en el Congreso de la Unión.
Giovanni Sartori define a los partidos bisagra como entidades que, sin ser protagonistas electorales, es decir con votación escasa, adquieren un poder desproporcionado al convertirse en árbitros de la formación de mayorías legislativas.
Así, sus escaños no son muchos, pero su influencia es crucial para formar gobierno en los sistemas parlamentarios o para lograr la aprobación congresual de reformas y proyectos en los sistemas presidencialistas.
Desde otra perspectiva, Luigi Ferrajoli considera que los partidos bisagra pueden generar una sobrerrepresentación que erosiona la igualdad política, al convertir intereses particulares en moneda de cambio para la gobernabilidad.
Conviene reiterar, finalmente, que nada de lo aquí planteado implica rechazar un debate argumentativo sobre la iniciativa que, de cara a los intereses nacionales, debe darse con toda la pasión que se quiera, pero sin la injuria ni la cerrazón.
Es deseable que la reforma sea discutida —y enriquecida— con la oposición, con una perspectiva que afecta e interesa tanto a la 4T como a sus contrarios: los gobernantes de hoy pueden ser los opositores del futuro y viceversa.
Esa certeza puede llevar, en la reforma comicial, a la búsqueda de una genuina equidad, al margen de intereses coyunturales.
Periodista
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