(Artículo publicado el 18 de enero de 2000)
Por Eugenio RIVAS ALONSO
El miércoles de la semana pasada, entre las ocho y nueve de la noche, cerraron las tres puertas de la Catedral que miran a la Plaza Grande para dividir o separar un acto que se celebrara dentro del templo y otro que se efectuaba afuera, en el atrio.
Dentro de la Catedral, el Movimiento Familiar Cristiano conmemoraba sus 40 años de benemérito trabajo en Yucatán, el aniversario número 40 del comienzo de sus actividades en la Arquidiócesis.
En el atrio, la madre de Armando Medina Millet se reunía con familiares y amigos, para pedir que las autoridades le respeten a su hijo sus derechos humanos y que la verdad y la justicia reinen en la sociedad.
Las explicaciones que se han dado dicen que los presidentes del Movimiento Familiar Cristiano, cuyos nombres no recuerdo, y el sacristán mayor de la iglesia, que ignoro cómo se llama, informaron que las puertas fueran cerradas para evitar confusiones, para que no se fuera a pensar que la ceremonia del MFC, que son las iniciales del Movimiento, tenía alguna relación con el acto que habían organizado los familiares y amigos del joven Armando.
¿Era necesario hacer eso? Creo que se deben dar a conocer los motivos de que fueran cerradas las puertas para trazar una frontera o línea divisoria entre una ceremonia que conmemoraba un acontecimiento familiar de carácter cristiano y un suceso, presidido por una madre que también era familiar y tenía fines que son cristianos.
Esas puertas cerradas de la Catedral me trajeron a la memoria aquel Paralelo 38, trazado para dividir a Corea del Norte, porque era comunista, de Corea del Sur, que no lo era. Una sigue siendo comunista y la otra anticomunista, pero ya el mundo consideró que no necesita de esas divisiones y pueden ser contraproducentes. Los Paralelos 2000 están descartados.
Las puertas cerradas también me han recordado el Muro de Berlín, que fue elevado por el gobierno comunista de Alemania Oriental para impedir que los habitantes de este país se escaparan a la Alemania Occidental, en busca de la libertad y la justicia.
Como que está fuera de lugar -junto a un templo, el principal del Estado- y fuera de tiempo -el Jubileo del año 2000- que hubieren cerrado las puertas de la Catedral para marcar una separación, para elevar un muro, para poner un “cuidado, no nos vayan a confundir”, entre un acto cristiano y familiar, como el aniversario del MFC, y otro acto cristiano y familiar como el de una señora que pide por su hijo acompañada de sus parientes y amistades.
No me hubiera parecido mal que los presidentes del MFC aprovecharan la coincidencia de los dos actos para ofrecer a Jesucristo y a su Madre Santísima una oración -un padrenuestro o un avemaría- por las intenciones de la madre que allá afuera estaba pidiendo por su hijo. Incluso por aquello de que lo cortés no quita lo valiente.
Era lo menos que podían hacer, desde el punto de vista familiar y cristiano, con un buen sentido de las intenciones del Jubileo. No darse por enterados de que allá afuera se pedía por algo que no es malo se pudo haber interpretado como un trato indiferente a un vecino que no conocemos y con el cual no tenemos relaciones. Pero marcar la raya, cerrando las puertas, es ya tomar una actitud contraria.
No veo que la solicitud de respeto a los derechos humanos sea un acto que esté contra los principios y los fines del MFC o les vaya a hacer algún daño a sus apostolados o a los dirigentes de esa agrupación piadosa. La controversia sobre si ese joven es culpable o inocente no debe ser motivo para que se trate como gente indeseable, no quiero decir apestados, a los que piden por él sin incitar a nadie a la violencia.
Me atrevo a decir que el Movimiento Familiar Cristiano perdió algo de movimiento, un no sé qué de familiar y un no sé cuánto de cristiano con esa cerrada triple de las puertas de la Catedral. Quién sabe qué otras puertas cerramos así o cuáles dejamos de abrir. Como que dejamos pasar la oportunidad de que nuestras organizaciones católicas dieran en público un testimonio de autenticidad, de congruencia con tantas actividades, tan dignas de aliento y estímulo, que realizan en el campo de sus apostolados.
Cada día la gente se fija más en el ejemplo que damos los cristianos, en lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, en la intención de nuestros actos, en lo que damos a entender.
Espero que esta crítica, si la consideran justa, de algún modo contribuya a un cambio positivo en la manera de vivir nuestra religión, de hacerla más solidaria con los valores de la familia. Si no hemos entendido mal los propósitos del Jubileo, el nuevo nombre de la caridad es solidaridad. Es la homilía que nos hace falta predicar.
Si este artículo está fuera de foco, si no se tiene la razón en lo que aquí se dice, ojalá que alguna voz autorizada nos diga en qué nos equivocamos y qué mal se puede hacer con hablar de esto en público.- E.R.A- Mérida, Yucatán, enero de 2000.
