(Artículo publicado el 1 de septiembre de 2002)

En los días escolares conocimos al novelista portugués Eca de Queiroz, autor de “El crimen del Padre Amaro”. Estudiamos las 16 cartas de su obra póstuma “La correspondencia de Fadrique Mendes”. Son un modelo del género epistolar. Recuerdo ahora la carta que describe en el consejero Pacheco al hombre de mucha fama y poco valor.

Fue también un periodista brillante que en sus artículos, publicados en “La Gazeta de Portugal”, penetraba con filo de bisturí, como lo hizo en sus novelas, en la vida por dentro y por fuera de la sociedad. La muy alta sociedad lusitana que le tocó conocer de cerca y despreciar.

Eca de Queiroz sería hoy un reportero idóneo, hasta se podría decir que ideal, para cubrir las incidencias del caso Medina Abraham y llegar con el bisturí hasta las entrañas corrompidas de este suceso judicial que, ya lo dijimos alguna vez, no se parece a ningún otro en nuestra historia de pecados judiciales.

Las novelas del portugués son modelos de la división social.

Cien años después de su muerte, los vicios que él representó en sus personajes gozan hoy de buena salud. En Fadrique asistimos a la descomposición de un hombre que llegó a ser excepcional. El suicidio trunca la vida libertina de Pedro de Maya, vástago de familia acaudalada. El Padre Amaro llega a la traición final a sus creencias cuando acude al infanticidio para borrar la huella delatora del amor prohibido. Su compañero de novela, el Padre Díaz, canónigo de la Catedral, profesor de moral, es otro infractor del sexto mandamiento. En los estratos elegantes de la vida social lisboeta, Basilio es el primo sin escrúpulos, sin remordimientos, que lleva a Luisa del adulterio a la muerte.

A Teodoro Raposo lo podemos leer en “La reliquia”. O verlo junto a nosotros en la misa de siete. Reza, comulga, visita al Santísimo. No hay práctica religiosa que no tenga en él a un consumidor voraz. Pura fachada.

Es un artista de la doble contabilidad, de las dos caras. Finge lo contrario de lo que es para hacerse millonario con el truco tan viejo y tan nuevo de la hipocresía. A su lado está el clérigo convenenciero, más pendiente de los donativos que de las virtudes cardinales y teólogos.

Gonzalo Mendes es el jefe de la “La ilustre casa de los Ramírez”. Para muchos es la mejor novela de Eca de Queiroz. Describe con asco la vida chismosa, egoísta, falsa, intrigante, mezquina, podríarida en la entretela de la llamada aristocracia de la sangre y el poder. Si Teodoro es capaz de todo por el dinero, a Gonzalo no le detiene nada, ni nadie, en su ambición política. Para ser diputado está dispuesto a lucrar con la deshonra de su hermana e invertir en transacciones oscuras, inconfesables, el capital financiero y social de su familia influyente.

El desprecio de Eca de Queiroz por los figurones y los segundones, por los farsantes del escenario político, religioso y social, tiene algo de caricatura y bastante de sátira, induce a generalizar sin fundamento, obedece a fobias arraigadas en el novelista desde su juventud de hijo natural y rebelde con causa… pero es también un bisturí que se hunde en la enfermedad para sanarla. Su prosa emprende la demolición en busca de la reconstrucción.

¡Lo que encontraría Eca de Queiroz si hundiera su bisturí de reportero en los pliegues y repliegues del caso Medina Abraham, que de algún modo, en algo o bastante, es un álbum de fotografías de la vida política, religiosa y social yucateca! ¿Qué novela escribiría el portugués sobre los actores y espectadores del caso Medina Abraham? ¿”La ilustre casa de los fulanos de tal”? ¿En dónde encontraría a nuestros Fadriques, Pachecos, Gonzalos, Rasposos, inconfesables y convenencieros? Como están las cosas, conociendo el gusto de Queiroz por la oportunidad, escribiría con asco “El crimen de la jueza Cobá”.

Hay una coincidencia entre el novelista y la jueza. El desprecio.

Los une, a través de un siglo, el desprecio de ambos a la sociedad. Pero el desprecio de Eca de Queiroz persigue al fin y al cabo un objetivo moral.

A corto, mediano o largo plazo, el desprecio de Leticia Cobá pervierte y corrompe.

La jueza pasa por el recinto de las constituciones y los códigos como un chivo encerrado en una cristalería. Sus sentencias, resoluciones, acuerdos y declaraciones depostillan artículos, quiebran leyes, fragmentan garantías, destrozan derechos. El expediente del caso Medina Abraham es el basurero donde están las astillas y los pedazos, debidamente identificados y clasificados.

Lo que cautivaría a Eca de Queiroz no es el número o frecuencia de los estragos jurídicos de la jueza sino la soltura y naturalidad con que los comete. Como si practicara un deporte. Le pega a la ley como la venus de ébano, Serena Williams, le pega a la pelota de tenis.

Ningún adversario la intimida. No hay recurso que no toque. Acabamos de presenciar, asombrados, la solemne tontería de su respuesta a la Procuraduría.

Se niega a permitir que peritos judiciales examinen varias evidencias del caso Medina Abraham, como las cartulinas de una prueba, los documentos relativos y la radiografía de una muchacha.

La jueza basa su negativa en que las inspecciones oculares sólo son posibles en lugares, personas, animales o cosas. Entonces, si el documento y la radiografía no son una cosa, ¿qué cosa son? Una respuesta para el consumo de idiotas.

Lo admirable es que con toda la seriedad del mundo, en un oficio a una dependencia del Gobierno del Estado, la jueza, en el ejercicio de sus funciones, ponga por escrito una estupidez del tamaño de la Catedral.

El Congreso debe pedir al presidente del Tribunal Superior que comparezca ante la Cámara a explicar qué hace una Leticia Cobá en un juzgado.

En el caso Medina Abraham, el desprecio de la jueza a la sociedad llega a la majadería. No le preocupa el ridículo. No le interesa el sentido común. Se ríe de quien quiera reírse: del gobernador, del procurador, del Colegio de Abogados, de nuestras jerarquías y directivas. Puede metro en la cárcel al más pintado, aunque demuestre que a la hora del crimen estaba comulgando en Santa Lucía.

Jueces como Leticia Cobá convertirán los tribunales en fábricas de delitos por encargo, de sentencias fundadas en que el cuerpo del delito no es blanco ni negro sino todo lo contrario.

En la novela del Padre Amaro, el crimen del sacerdote es ordenar que estrangule a su hijo recién nacido cuando la madre, Amelia, muere en el parto. En “El crimen de la jueza Cobá”, el verdadero crimen sería que el Poder Judicial, abofeteando a la sociedad, le renovara a la jueza el nombramiento que está a punto de expirar. Sería la renovación de una amenaza.

La amenaza de que cada juicio sea un mal parto, que cada sentencia sea el fruto ilegítimo del pecado judicial.

Eca de Queiroz nos advertiría que la jueza no es la única amenaza.

Lo diría en la segunda parte de “La Reliquia”, con el análisis del devoto yucateco que no va al cine a ver “El crimen del Padre Amaro”, pero presencia en primera fila, como cómplice impasible, los crímenes del caso Medina Abraham.

También en la religión hay doble contabilidad, escribiría con cierta náusea el novelista portugués al hundir el bisturí en el pecado social de las conciencias sordomudas. El pecado que no decimos en el confesionario porque no nos ha tocado, todavía, cargar la cruz.- ERA- Mérida, Yucatán, septiembre de 2002.

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