(Artículo publicado el 4 de septiembre de 2002)
Eca de Queiroz era un especialista en la revisión de los sótanos y alcantarillados de la sociedad. Cuando se graduó de abogado en la Universidad de Coímbra -1866, 21 años de edad- se une al grupo literario del “Cenáculo”. Son jóvenes que no están de acuerdo con lo que ven. Su divisa, “Los vencidos de la vida”, no significa la resignación acomodaticia a una realidad que no se tiene la voluntad o el valor de cambiar. Es la advertencia de inconformes que van a decir lo que ven, lo que sienten, lo que opinan. Su intención es sanar.
Eca de Queiroz relatará sus impresiones de inconforme en “El crimen del Padre Amaro”, “El primo Basilio” y “Los Maya”. Esta trilogía de novelas despega la epidermis de la vida social portuguesa para penetrar con profundidad y precisión de bisturí en las cavidades íntimas de la entraña descompuesta.
Ya lo dijimos en nuestros dos artículos anteriores sobre los crímenes del padre Amaro y la jueza Cobá: Eca de Queiroz, abogado y periodista también, llegaría a los subterráneos del caso Medina Abraham en una investigación que publicaría sin los puntos suspensivos y las páginas en blanco impuestas por compromisos guardados en el cajón de la doble llave.
No hay que escarbar mucho para encontrar los delitos de la jueza Cobá.
Es una pecadora pública. Una pecadora confesa, aunque no condenada.
Un análisis a flor de piel exponen también el crimen del Tribunal Superior al revalidar por otros cuatro años el nombramiento a Leticia Cobá como titular de un juzgado. La renovación es un cheque en blanco que la jueza puede llenar con la cantidad de delitos que le ordenen o se le ocurran.
La jueza y los magistrados están en la superficie del caso Medina Abraham.
Debajo está la inmunidad de que parece disfrutar la jueza en una actuación delictuosa con marcada trayectoria a la reincidencia. Parece convencida de que tiene asegurada una impunidad vitalicia que le permite y la aliena a burlarse del Procurador y desafiar al gobierno de Patricio Patrón con el apoyo estimulante de los magistrados. Y… ¿qué hay, quiénes están detrás de la inmunidad y la impunidad? Antes de responder recordemos que el delito le servía a Eca de Queiroz como instrumento para calar a la sociedad y describirla con su celebrada exactitud. Por eso “El crimen del Padre Amaro” tenía un subtítulo: “Escenas de la vida devota”. No podremos pues pesar y medir con éxito el crimen de la jueza Cobá sin conocer el escenario y la concurrencia que lo rodea. Las preguntas que vienen son inevitables.
¿Cuáles son las condiciones propicias para que haya una jueza como Leticia Cobá? ¿Cuál es el caldo de cultivo que producen magistrados de la ralea que analizamos? ¿En qué clase de sociedad puede existir un Poder Judicial como el yucateco? Las respuestas exigen, ni modo, otras preguntas.
A los padres de familia, a los estudiantes, a los abogados, a los sacerdotes, a los dirigentes de los movimientos apostólicos, a los diputados, a los líderes de las instituciones y las llamadas “fuerzas vivas”, ¿les interesa lo que hagan o dejen de hacer la jueza y los magistrados respecto a la ley, las garantías individuales y los derechos humanos en el caso Medina Abraham? ¿Les importa? ¿Consideran que es un asunto que afecta al bien común y reclama atención, vigilancia y un sentido solidario de responsabilidad? ¿O, francamente, el caso Medina Abraham, de la jueza, de los magistrados, de la defensa, de las denuncias, de las pruebas de Walker, etc., etc., etc., nos aburre, nos fastidia, nos molesta, nos incomoda? Las respuestas nos dirían qué valores están vigentes y cuáles están vencidos en nuestra sociedad. Una información que ayudaría al Poder Ejecutivo y al Poder Judicial para normar su criterio sobre los gobernantes y los jueces que los yucatecos merecemos. Que nos ayudaría a nosotros a conocer quiénes somos, dónde estamos, qué queremos, lo que estamos dispuestos a aguantar y lo que no vamos a consentir.
Todo esto tiene sentido si partimos del supuesto que nos interesa y nos importa explorar nuestros sótanos y alcantarillados para decir lo que vemos y sentimos con la misma intención sanitaria de Eca de Queiroz en sus novelas.
Mientras tanto, el caso Medina Abraham se desdobla en nuevas dimensiones y se dirige a una confrontación que definirá probablemente el rumbo del Estado. ¿Participaremos en la decisión? Terminamos como empezamos, con Eca de Queiroz. ¿Qué encontraría en las cavidades del caso Medina Abraham? ¿Qué relato escribiría? ¿Le pondría como título “Escenas de la vida yucateca: un crimen social?”.- ERA- Mérida, Yucatán, septiembre de 2002.
