(Primera Columna publicada el 13 de mayo de 2005)

La columna se ausenta hoy de su territorio habitual, el comentario político, para ir de visita al reino universal de la armonía.

Una visita dedicada al lector que aspira a escribir bien en prosa bonita o en poesía. La poesía, si no es hermosa, será otra cosa. “Poesía -dijo Bécquer a una mujer preciosa-, poesía eres tú”.

La dedicatoria incluye una invitación. Cruza esta página lector y en el extremo derecho entra despacio a la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”. Más que lectura, te sugiero la recitación meditada, en voz baja, para que no sólo mires -mirar es ver con fijeza- sino escuches -escuchar es oír con atención- esta oración en verso que es compendio de la doctrina estética de Rubén Darío, sumo pontífice del idioma español.

La Letanía cumple cien años hoy. Nació en Madrid el 13 de mayo de 1905, en el seno de la celebración en España del tercer centenario de la edición príncipe -la primera- de Don Quijote de la Mancha.

Invitado expresamente a engalanar la efemérides con la orfebrería de su estro, aclamada ya en dos continentes, Rubén, enfermo, encargó la lectura inaugural del poema a su amigo Ricardo Blanco, no a nuestro Amado Nervo, como señala una versión apócrifa.

El estreno de la Letanía fue en el Paraninfo de la Universidad, durante un homenaje a Cervantes organizado por el Ateneo de Madrid. Al concluir la declamación, la flor y nata de la intelectualidad española, presente en la ceremonia, se puso de pie como movida por un recurso, y sin reponerse aún de la sorpresa, se unió espontánea, unánime y maravillada, en una ovación sin precedente en la meca, en la basílica de San Pedro del idioma español.

Ya era intercontinental el prestigio del aedo de Nicaragua, pero nadie imaginó que saldría de América “el más cervantino y alto cantor del Quijote”. Ese aplauso en el sagrario de nuestra lengua ha sido uno de los mayores reconocimientos que la Madre Patria ha otorgado a uno de sus hijos. En el mundo de las letras no tiene par.

El propio Rubén nos dice en “Historia de mis libros”: En la Letanía “afirmo otra vez mi arraigado idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico. La figura del caballero simbólico está coronada de luz y de tristeza. En el poema se intenta la sonrisa del ‘humor’ -como un recuerdo de la portentosa creación cervantina-, mas tras el sonreír está el rostro de la humana tortura ante las realidades que no tocan la complexión y el pellejo de Sancho”.

Jorge Eduardo Arellano, director de la Acedemia Nicaragüense de la Lengua, nos ha recordado las tres fases de la Letanía: la salutación, o invocación, comprendida entre las cinco primeras de las doce estrofas: la letanía en sí, que abarca las cinco siguientes, y la fusión armónica de la salutación y la letanía, en las dos finales.

A juicio de la columna, la obra de Darío es en la literatura mundial una cordillera de los Andes con tres cumbres: “Azul” (1888 y 1890), “Prosas profanas y otros poemas” (1896 y 1901) y “Cantos de vida y esperanza, el cisne y otros poemas” (1905). No menospreciamos “Poemas del otoño y otros poemas” (1910) y “Oda a la Argentina y otros poemas” (1914), pero son caudales tributarios de los Cantos.

“Azul” es el grito de guerra que lanza la prosa magistral de Darío, sucesora fulgurante de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.

“Prosas profanas” es el punto de partida de toda la renovación lírica española e hispanoamericana. Rubén, radicado en París, estudia en dos escuelas francesas rivales del simbolismo, que es la exaltación de la forma, y ​​el parnasianismo, que es la canonización de la palabra; Comparte sus impresiones con Baudelaire (“Las flores del mal”) y los poetas malditos: Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, y funda su propia escuela, el modernismo, punto de partida, como ha sido calificado, de toda la renovación lírica española e hispanoamericana que llenaría el siglo. El ritmo y la plástica, la música y la fantasía son los mandamientos del nuevo catecismo.

La crítica señala que Rubén Hurga en la poesía española, desde la primitiva hasta la clásica, la solera que le faltaba para dar al modernismo, sobre el “esprit” de la gracia francesa, el acabado de la grandeza hispánica que distingue a “Cantos de vida y esperanza”. Ha estallado la revuelta contra el sentido materialista y dominador del mundo anglosajón. Rubén es el caudillo de la revolución.

La “Letanía de Nuestro Señor don Quijote”, el número 49 de los Cantos de vida y esperanza, es un escaparate de la obra de Rubén. Con sus hexámetros, que vienen de lejos, de los pies quebrados de las odas de Horacio -crisol que fundió las formas griegas y latinas de la poesía-, y sus dodecasílabos polifónicos, una de sus marcas de fábrica, el poema célebre que adorna el extremo derecho de esta página es el estandarte de una obra que ha sido considerada por tirios y troyanos como el gran laboratorio de la belleza del idioma. La enciclopedia del oficio y el arte de escribir.

El genio es un diamante, pero necesita del taller para convertirse en brillante. El taller en que se aprende a usar los signos de puntuación, a elegir el adjetivo, a seleccionar el verbo. A buscar y encontrar en la exacta longitud del verso, en la colocación del acento, la armonía exterior e interior que ejerce el magisterio por conducta de la fascinación.

Las Letanías, Los motivos del lobo, Margarita está linda la mar, Responso a Verlaine -monumento a la eufonía-, La salutación del optimista, Sonatina, las odas a Roosevelt y la Argentina, Era un aire suave, La marcha triunfal, La sinfonía en gris mayor, Lo fatal, Caupolicán y tantas otras estrellas de la constelación rubenania consagran a Darío -coinciden los eruditos- como el genio del manejo cuidadoso y elegante del idioma, el especialista de los juegos audaces y primorosos con la métrica y la rima, el padre eterno del ritmo y la música, la imagen y la armonía. “Rubén -dijo Alfonso Reyes- no es toda la lira: Rubén es toda la orquesta”.

Si queremos escapar de lo cursi y lo vulgar, huir de la bisutería que abarata y encontrar la claridad que garantiza la transmisión automática de nuestras ideas, aprendamos la lección de humildad que subyace en la Letanía, compendio de las clases que toma Rubén Darío, de los modelos que consulta, de las reglas que obedecer para aprender a escribir bien y hacer poesía.

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