(Artículo publicado el 4 de julio de 2006)
Por Eugenio RIVAS ALONSO
Por injustificado, por inoportuno, nos parece irresponsable el comportamiento de Andrés Manuel López Obrador en su rebelión contra el Instituto Federal Electoral en los precisos momentos en que exhortaba a los partidos y sus candidatos a una abstinencia de proclamaciones, a una tregua de silencio y calma que permitiera buscar y encontrar el resultado de las elecciones presidenciales más competidas de nuestra historia con un proceso legal inobjetable, a salva de las pasiones desbocadas de una crisis política en la que todos pierden.
El PRD fue el primero en dar el mal ejemplo al abrir el fuego contra la decisión del IFE, bien razonada, de abstenerse de identificar al vencedor con el mecanismo del conteo rápido candidato, porque éste no garantizaba el acierto, y de confiar el veredicto al minucioso escrutinio oficial que debe comenzar mañana miércoles.
López Obrador nos recuerda al gobernador Víctor Cervera Pacheco, que deliberadamente pone a Yucatán en un estado de agitación por la soberbia personalista y sectaria de su desacato contra el fallo democrático de un tribunal federal electoral.
Nada más que la desobediencia del perredista es de resonancia nacional. Su desacato se alza contra la república, porque el IFE representa a las instituciones del país por voluntad mancomunada de los poderes de la Federación, las autoridades de los estados y los dirigentes de los sectores sociales. El IFE es México por acuerdo unánime de los mexicanos.
Hay una perspectiva retardataria en el desacato: promueve la desconfianza en un organismo colegiado independiente que ha sustituido con gran éxito de eficiencia los setenta años de arbitraria y fraudulenta gestión electoral de una dictadura de partido. Está sembrado de retroactivadad, de un regreso a lo peor, este desafío al arquitecto de una jornada cívica calificada de ejemplar.
Una jornada en que el actor principal de la farsa y el atropello en la historia de nuestras elecciones, el gobierno, por primera vez presenció los comicios desde la tribuna de los espectadores, dispuesto a bajar al campo sólo si su intervención es requerida para mantener la paz y el respeto a la ley. Debemos reconocerle al PAN y al presidente Vicente Fox los méritos correspondientes a este escenario republicano en que el régimen se corta el dedo de la imposición y sólo mete las manos, como lo hizo anteanoche, para apoyar y sostener la decisión del juez electoral.
No nos extrañaría que la historia resuelva que la respuesta de Felipe Calderón Hinojosa, al reclamar también el triunfo que su adversario se adjudica, esté rindiendo dividendos positivos. El panista ha dividido la carga expansiva del desafío en dos reacciones distintas: la de un partido que se tiene significado por la competencia legal y la de otro inclinado a la manifestación violenta de sus quejas. Sin este contraste, sin el antidetonante de un adversario tranquilo, el PRD se hubiera quedado como dueño absoluto de las plazas de la protesta y su propensión al escándalo habría generado el riesgo de una explosión nacional.
Si fue irreflexivo, el desacato revela un grado descalificador de inmadurez e incapacidad para responder con cordura a una situación inesperada. Si fue calculado, si es fruto de una estrategia premeditada, nos presenta a un político convencido de que está por encima de las instituciones del país y dispuesto a retarlas para imponer sus puntos de vista personales. Un diagnóstico malo en un candidato. Peor en un gobernante.
Hacemos votos porque Andrés Manuel López Obrador se retira de este desacato y, deslindándose de la provocación, ofreciendo al país una promesa de sensatez. Si obtiene la presidencia sin haberse retractado, por lo menos en los hechos si no en las palabras, tememos que México haya perdido las elecciones. Que México haya entregado el poder a una facción contestataria que implante el conflicto y la confrontación como reglas de su oficio y busque desmontar del gobierno los intereses de la nación para instalar los de un partido. Caeríamos de sopetón en la misma trampa de que salimos al empezar este siglo.- Mérida, Yucatán, lunes 3 de julio de 2006.
