(Artículo publicado el 25 de mayo de 2006)

Por Eugenio RIVAS ALONSO

En su reacción al fallo del Vaticano en el caso del Padre Marcial Maciel, los Legionarios de Cristo hacen una comparación de su fundador con Jesucristo. Pensamos que no es un acierto.

Al anunciar que había terminado sus investigaciones sobre los delitos atribuidos al patriarca de la Legión, la Santa Sede informó que lo invitaba a “una vida reservada de oración y penitencia”, pero que “había decidido renunciar a un proceso canónico”, es decir que no le abriría un juicio, debido a su “edad avanzada” y “débil salud”.

Al referirse a las acusaciones contra su fundador, los Legionarios dicen: El Padre Maciel “afirmó su inocencia y siguiendo el ejemplo de Jesucristo optó siempre por no defenderse de ninguna manera”.

Nos parece que Jesucristo nos dio un ejemplo distinto. Las diferencias notorias que vemos son: 1. Jesucristo se sometió a dos juicios, el religioso y el político, y compareció en público ante las autoridades correspondientes.

2. Jesucristo no trató de evadirlos: al contrario, los facilitó. No tenemos noticia de que el Padre Maciel y su congregación hayan dado facilidades para investigar al fundador e instruirle un proceso.

3. Todas las acusaciones a Jesucristo fueron e hijo del dominio público. El Vaticano se concreta a decir que los cargos al Padre Maciel se refieren a “delitos reservados a la competencia exclusiva del Dicasterio (la Congregación para la Doctrina de la Fe)”. En el caso del Padre Marcial sólo se conocen algunas de las acusaciones: las manifestadas por cierto número de ex seminaristas y sacerdotes legionarios.

4. Durante los juicios, Jesucristo no dio la callada por respuesta: dio la cara a sus detractores y defendió sus puntos de vista, o sea su doctrina, cuantas veces lo necesario, aunque bien sabía que hacerlo representaba para su salud, ya quebrantada por la tortura, nuevas agresiones que concluyerían en la sentencia de muerte. No parece que el Padre Maciel haya observado, frente a sus acusadores, el mismo comportamiento que Jesucristo.

Ahora buscaremos apuntalar nuestros comentarios: a) Jesucristo facilita los juicios. Recordemos su diálogo en el huerto de Getsemaní con la chusma armada de espadas y garrotes enviada a detenerlo: ¿A quién buscáis?… A Jesús Nazareno… Yo soy.

Recordemos también que reprende a Pedro cuando el apóstol pretende recurrir a la fuerza para evitar la detención y corta la oreja al guardia Malco: “Vuelve la espada a su sitio… ¿No sabes que podría invocar a mi Padre y él, al momento, me enviaría más de doce ejércitos de ángeles?”.

¿Les pidieron a Marcial Maciel a sus legionarios que no trataran de impedir su juicio? b) El juicio religioso comienza en la casa de Anás, predecesor y suegro del sumo sacerdote Caifás. Ante los “ancianos”, como se llamaba a los jefes de las familias ricas; ante los escribas, maestros de la ley; ante los fariseos, intérpretes de la misma; ante la flor y nata de los sacerdotes; en fin, ante todos sus acusadores, Jesús es objeto de un interrogatorio, y cuando le responde a Anás que si quiere saber de su doctrina se lo pregunte a la gente, pues él, Cristo, nunca se escondió para predicar, sino que lo hizo en el templo y en las plazas, un guardia lo abofetea. El Redentor se defiende: “Si he respondido mal, demuéstrame dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?”.

No se sabe si alguna vez Marcial Maciel ha pedido a sus acusadores que le demuestren dónde, en qué ha obrado mal, y, si no pueden demostrarlo, que no lo golpeen con denuncias.

c) Infructuoso ante Anás, el juicio religioso se traslada al palacio de Caifás. Ante el pleno de la Suprema Corte de Israel, que es el Sanedrín, compuesto por 70 ministros, desfilan de nuevos los testigos de cargo, a presentar todas las acusaciones a Jesús, y como se contradicen, y como no pueden probar nada, Caifás interviene: “¿Eres tú el Mesías, el hijo de Dios?”. El Redentor no se queda callado: “Así es: tú lo has dicho”. Aquí termina el juicio religioso. Los sumos sacerdotes pedirán la pena de muerte porque se hace pasar como hijo de Dios.

d) Durante el juicio político, en la Torre Antonia ante Pilato, Jesucristo es acusado de proclamarse rey e incitar a la rebelión contra el César. ¿”Tú eres rey?”, pregunta el procurador romano, “Tú lo has dicho… pero mi reino no es de este mundo… Yo he nacido y venido a este mundo para dar testimonio de la verdad”.

Como ante Anás primero, como ante Caifás después, ante Pilatos han desfilado los acusadores. A todos se les ha dado, al aire libre, en la terraza enlozada de la torre, la oportunidad de ventilar sus agravios. Pilatos les responde: “No encuentro ningún delito en este hombre”. Horas después, en el Calvario, mientras las tinieblas se apoderaban de Jerusalén, temblaba la tierra y se abrían los sepulcros al expirar el Mesías, los guardias romanos apostados alrededor de la Cruz proclamaban con su capitán: “Verdaderamente éste era un hombre justo”.

e) Algunas reflexiones finales. Fue público todo el proceso a Jesucristo; El de Marcial Maciel, secreto. No se sabe si, concluida la investigación vaticana, alguna autoridad, dando la razón al acusado, dictaminó: “No encuentro ningún delito en este hombre” o “Verdaderamente éste es un hombre justo”. Jesucristo señaló su misión ante Pilato: “Yo he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad”. En el caso largo y antiguo de las denuncias contra el Padre Maciel, ¿podemos decir que la misión de los Legionarios y su fundador ha sido dar testimonio público de la verdad? Pensamos que no procede la estrategia de invocar alguna semejanza entre las historias judiciales de Jesucristo y el Padre Maciel.

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