(Primera Columna publicada el 31 de diciembre de 2008)

Al concluir en la Plaza Grande, en la banca habitual, el análisis sobre los sucesos del año y sus protagonistas estelares, el reportero preguntó a César Pompeyo:.

—Entonces, don César, entre el desastre del puente del periférico, los doce decapitados y el gobierno de Ivonne, ¿cuál de los tres ha sido, a juicio de usted, el gran acontecimiento de 2008 en Yucatán?

—Son más o menos lo mismo, ¿no?.

—Uno, don César. La encuesta del periódico pide uno. Si yo fuera usted me inclinaría por el gobierno de Ivonne.

—Pero tú no eres yo. Tu perspectiva está descuadrada. Una cosa es Ivonne y otra distinta su gobierno. El gobierno: no su gobierno. A veces están cerca, en otras lejos. Ciertos días andan juntos, pero nunca revueltos. Yo no diría que son agua y aceite, pero sí que parecen dos líneas paralelas que por más que se prolongan nunca llegan a encontrarse. Ella viene, no se sabe cuándo, cuando ellos se van, a donde tú ya sabes.

—No, yo no sé de qué habla usted. Lo que sé es que si su gobierno es, en el conjunto, el suceso dominante de 2008, Ivonne tiene que ser la protagonista principal, el personaje más importante…

—Sigues fuera del área, periodista. Importante, principal, ésos no son los adjetivos indicados para medir la trayectoria de la señora Ortega Pacheco. Te propongo otro: admirable. Digna de admiración. Nunca hemos tenido nada igual. Hay en su ejecutoria detalles tan autóctonos como el tren de Sotuta.

—Querrá usted decir el tren bala.

—Es más o menos lo mismo. Acuérdate de la bitácora del tren de Sotuta: se sabe que sale, pero nunca a qué hora llega. Algo parecido pasa con el tren bala: ya nos embarcaron, pero no sabemos cuándo va a llegar.

—Sotuta o bala, reportero, Ivonne es la pasajera única de su tren. Un tren de itinerario que se puede sospechar, pero no definir. El plan de viaje se conoce después, no antes. Con escalas para cortar cintas y sonreir para la cámara entre el repiqueteo de los aplausos. Escalas para descargar kilos y espiritualizar la silueta. En vez de discursos como aquél a las mujeres reunidas en el Campestre: “Yo tengo el mismo problema que ustedes: el peso”; en vez de esta frase de solidaridad consoladora, el testimonio de aliento, visible y comprobable en la cintura: “Sí se puede”. Por los rieles de la dieta, la gobernadora puede llegar a ser la política de menos peso en el país.

Escalas, joven amigo, para recurrir a la varita mágica del bisturí estético. Ya la catalogaron, tú lo publicaste, como una de las diez mujeres más bonitas de la política. Debemos avanzar en la clasificación. Escalas también para el lagrimón compasivo, el obsequio del pavo, el regalo al cliente en potencia, la distribución magnánima del apoyo con la pupila y la intención clavadas en las urnas.

Sin escalas, sin detenerse, el tren pasa de largo por las estaciones de la crítica, por los andenes de la memoria histórica, en su trayecto veloz hacia la fotografía, el halago, la megapachanga, la ola roja y el voto de la cortejada multitud. Si estuviera aquí don Vittorio Zerbbera (con zeta y doble be) nos diría con su acento siciliano que tenemos en el Palacio de la 60 a la prima donna assoluta del teatro político mexicano.

Detrás o muy atrás del tren festivo de Ivonne rueda el carromato del gobierno, con su cargamento de conflictos maquillados, promesas embaladas y bombas de tiempo. Cerca o lejos se oye y se pierde el eco del llanto de los acreedores, el vocerío de la oposición, los alaridos de los testarudos, los agravios de los inconsecuentes, los improperios de los desengañados, el clamor lastimero de los alcaldes convertidos en pordioseros por las dentelladas a su presupuesto. Las ejecutoriadas dentelladas del Ejecutivo.

No lo dudo, reportero: ella es mi protagonista predilecta, aunque nos jure y perjure que el protagonismo no lo busca ni le gusta. Es mi personaje favorito: como el ave del poema, cruza el pantano sin tocarlo. Semidiosa de lo impredecible, nos desboca la adrenalina como la apuesta atrevida en el juego de azar. ¿Qué viene ahora? ¿A qué hora? ¿Dónde está? ¿Hacia dónde vamos? ¿Vamos o nos dejamos llevar? ¿Quién toca, quién canta, quién baila?

Impermeable a la crítica, inmune a la queja, nuestra señora avanza impertérrita y en rutilante soledad hacia el estrellato, mientras los demás, gobernantes y gobernados, trotan o cojean, cada quien por su lado y por su cuenta, hacia las primeras elecciones orteguianas. Elecciones que pueden despejar o agrandar las incógnitas del misterio. El misterio que circula por las coronarias de Yucatán en los últimos latidos de 2008. El misterio que viaja en el tren de Ivonne: ¿llegará puntual o llegará tarde a las estaciones y las escalas de 2009? ¿Seguirá de largo? ¿Bala o Sotuta?

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