(Primera Columna publicada el 6 de marzo de 2009)
Caía la tarde sin hacerse daño —la frase es de Jardiel— cuando el reportero llegó a la Plaza Grande con el bloc lleno de novedades.
—¿Qué hay de nuevo sobre las florecitas? —preguntó don César. El de costumbre. No el otro.
—Se referirá usted al caso Flores. ¿Por qué dice florecitas? ¿Quiénes son?
—Los y las prestamistas. Están floreciendo por todas partes.
El periodista le dio la razón al señor Pompeyo. Medio mundo en Mérida está hablando del asunto. El que presume que sabe la última primero que nadie. El bocón que no da crédito a lo que oye pero exige que le crean lo que dice. El santurrón que navega con bandera de ingenuo para sacar lo que pueda. El íntimo del acreedor que tiene la boca sellada por una amistad de infancia, pero “ahí te va”. Medio mundo hablando hasta por los codos. El otro medio ni a rayos quiere hablar.
En el medio mundo enmudecido están las damas de la caridad que invirtieron los billetes que ganaron en el casino. “Si lo llega a saber mi marido”. Los universitarios que hicieron “vaquita”. El niño bien que no quiere que papá lo sepa. El papá que se golpea el pecho en María Inmaculada y financia también, por si las moscas, la ayuda cuaresmal a las misiones de semana santa. Las secretarias que soñaron con pasar a mejor vida. Los barracudas de agua profunda. Los asustados que no quieran que se sepa dónde están ni de dónde les vino tanto dinero. Los plurimillonetas de “fast track”. Los industriales de la crisis.
—Palabra, don César, vea usted la colección de “aseguridades”. De rumores. De “aquí, en confianza, pero no lo repitas, porque no me consta”. De “te lo cuento, pero en corto: no me quemes porque es sobrina de mi cuñada”. De chismes certificados “off the record”. De conocidos pescadores en río revuelto. De apellidos ilustres que parecen sacados de “A través de las centurias”, el libro sobre la genealogía de la jailaif. De nombres rimbombantes que parecen un pase de lista del gabinete. ¡Qué bárbaros¡ Todo está aquí, en el bloc. Si cayera en manos del procurador…
—Si se lo das al procurador, periodista, se acaba el escándalo y se termina la investigación. ¿Qué vas a publicar mañana? ¿Qué título le vas a poner a tu columna?
Discutieron. El reportero sugirió “Quiero ser millonario”. Mejor no: nos quedaríamos cortos. “La duda”. Tampoco: nadie quiere confesar que no sabe nada, con excepción del ministerio público. “El sustituto”. Menos, porque lo están buscando, pero no lo encuentran. “Fin de un sueño”. Bueno, éste parece mejor. Pompeyo propuso “Florecitas y jardineros”. ¿Jardineros?
—Florecitas son los solitarios, las incautas, los fáciles de señalar —explicó Pompeyo—. Los jardineros son los que sembraron muchas y están detrás de la albarrada, confiados en que no los van a ver, mientras esperan a ver qué pasa.
—¿Cómo, cuándo vamos a saber quién es florecita y quién jardinero? —preguntó el reportero antes de retirarse para regresar a la redacción.
Ya había caído la tarde cuando regresó el reportero. Cuando regresó a la Plaza Grande con la noticia de la noche:
—¡Otra bomba, don César! Pero no de usted, del otro. César Bojórquez nos llamó para anunciar otra iniciativa suya sin precedente en la historia. Que él, el alcalde, invita al procurador, y también a Ivonne, a una reunión personal. A un frente a frente para que le pregunten lo que quieran sobre el caso Flores, sobre las florecitas de usted. Ahora si vamos a saber quién es jardín, porque el presidente municipal propone que la reunión sea pública, ante la prensa, en presencia de la ciudad, a la vista y al oído del estado. Que a medio mundo y al otro medio les conste quién pregunta qué. Para que nadie ignore la respuesta o alguien la manipule. Para poner fin a los secretos, los murmullos y los susurros, los dimes y los diretes. Para que no se dude de la buena fe sino que haya conciencia plena de la verdad. Llore quien tenga que llorar.
—También podríamos ganar, reportero, si Yucatán tiene suerte, que la gobernadora reciba al fin a César, no a mí, pues tú ya publicaste que Ivonne lo esquiva, se le guarda, se le esconde, se le oculta, le manda decir que se fue a Dzemul, que está cortando una cinta, está volando en su avión —Dios lo cuide, pues nos ha costado mucho— o regalando gorras cada vez que el alcalde le pide una audiencia en Palacio para conversar con ella sobre Mérida.
